Círculos de Mujeres en Caquetá

La semana del 8 de Marzo de 2018, me encontró experimentando varias situaciones en las cuáles jamás me hubiera imaginado.

Los recuerdos de esta fecha siempre me remiten al colegio. Los niños entraban con rosas y cada uno nos entregaba una a cada una de nosotras, generalmente se la regalaban a la niña que les gustaba y si de pronto alguna no tenía un pretendiente que la fuera a cortejar era el mejor amigo o el hermano, el encargado de darle la rosa. En las últimas horas de clase se hacía un compartir y en ocasiones se prestaba para otro espacio de cortejo (una miniteca, con los vidrios tapados con periódicos y bolsas negras, para darle un toque discotequero al asunto). Siempre se volvía una celebración, donde las mujeres no abandonábamos nuestro rol femenino cotidiano e impuesto por el colegio, ni los niños se preguntaban, ¿por qué dar una rosa? o ¿de qué se trata este día? Tampoco había espacio para los niños que se identificaban con su femenino; nunca se mencionó siquiera la idea de que dentro de todos nosotros hay tanto femenino como masculino; ni se discutía sobre los derechos de la mujer, ni sobre el hecho de que la equidad de los géneros es algo que nos compete a todos, porque todos somos oprimidos de alguna u otra manera. Así sin resolver estas preguntas, que sí rondaban por mi cabeza, transcurrieron los seis años de bachillerato que viví en Bogotá.

Después de salir del colegio, dejé de darle importancia a la fecha y mi vida pasó por muchos caminos, donde fui agredida o silenciada por ser mujer y, aunque no ignoraba su origen, seguía ignorando la importancia del 8 de Marzo. Después de varios viajes y un espacio revelador que encontré en manos de Erika Guerrero, mi madrina de círculos de mujeres y compañera de trabajo, empecé a retomar esas dudas del pasado, a trabajar en mi femenino y a revaluar la palabra Feminazi (que antes pensaba era chistosa e inocente) y al mismo feminismo. Pude descubrir que ninguna de esas palabras me calzaba bien, pues mi sentir era diferente, vi mi lucha personal como algo más grande, que al final no era solo mía, que abarcaba a hombres y mujeres; que en esa voz interna había un clamor por dejar de separar a los sexos y por reducir la brecha entre géneros y preferencias sexuales. Entendí desde mi sentir que tanto hombres como mujeres podemos abrazar nuestros femeninos y masculinos internos, que todos hemos sido heridos por un sistema de creencia que impone roles que limitan nuestro ser y sentir, por lo tanto la equidad en derechos es una lucha conjunta y nos libera por igual.

Este proceso de reencontrarme con mi femenino me llevó al Caquetá, un lugar del que sólo sabia que su capital es Florencia, que hace calor y que preparan mermelada de arazá (eso ya es mucho más de lo que la mayoría saben). Cuando llegué a este departamento y conocí más de su historia, sentí que este camino debía ser compartido con más mujeres. Inicié así los círculos de mujeres, algo que en mi adolescencia jamás hubiera imaginado, en gran parte porque era de esas chicas que se sentían orgullosas de tener una pésima relación con otras mujeres y una excelente relación con hombres, posición que me hacía sentir superior por estar del lado del género dominante. Al iniciar los círculos, encontré mujeres con miradas claras, agradecidas porque alguien de fuera conociera su tierra, mujeres que conocen de manera directa la guerra y aun así no se han dejado robar la transparencia y la ternura. Mujeres dispuestas a perdonar, a confiar en otras mujeres y a aprender, para que la guerra que han vivido no se vuelva a repetir para ninguna generación venidera.

Mujeres que, a pesar de todo eso, jamás se habían tocado a sí mismas, que descubrieron en un auto masaje la magia de consentirse, el poder que tiene el tacto y la mano, que ese sólo hecho puede curar una rodilla enferma; que está bien hacerlo en su intimidad.

Con ellas jugamos buscando nuestras cualidades usando la primera letra del nombre de cada una. Así fuimos Dulces como Doris, Mariposas como Mariela, Fantásticas como Fanny y Naturales como yo, Natalia. Desde los juegos que perdimos cuando nos tuvimos que hacer adultas nos podemos seguir descubriendo, develando nuestro poder oculto, que aflora en tan sólo dos horas de re-unión y que se reafirma con un grupo de amigas.

Me encontré este 8 de Marzo sentada en silencio meditando con mi pareja, preparándonos para hacer homenaje a las mujeres que desde hace siglos luchan por unos derechos, que deberían ser para todos por igual.

Me encontré un poster donde le indicaban a los hombres como comportarse el 8M para apoyar a las mujeres y agradecí el hombre que tenía al lado, primero porque no es superior a mi, ni yo a él, segundo, porque no hicimos ninguna de las cosas que decía en esa lista, no publicó nada en sus redes sociales en apoyo al día, porque estábamos trabajando juntos, para llevar el homenaje a las mujeres del Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación -ETCR de Agua Bonita, una acción vale más que mil Poster 8 de Marzopublicaciones en Facebook, no había niños para cuidar, pero si dos perros y cuatro gatos, que cada mañana alimentamos y sacamos, porque esa tarea es compartida, así esos seis bebés sean de él, no hizo nada por facilitarme el trabajo como sugiere el poster, pero si me ayudó en la creación del taller “Despertando la Diosa Interna” que desarrollamos con las mujeres de Agua Bonita. Ya que trabajamos juntos y él lidera el proyecto en el que estamos, no me dio el día libre, abrió el espacio para que Nicolás Losada y yo, pudiéramos llevar nuestro trabajo hasta allá. No mandó, ni regañó en ninguna marcha, pero si se puso adelante, se puso en la tarima, para hacer el registro y la presentación de nuestro trabajo, se puso frente a la cámara y expresó porque los hombres o el género masculino también sufre por culpa de la inequidad; se puso al frente y no me importó, porque no era un tema de protagonismo, era un espacio de encuentro.

En Agua Bonita me sorprendí gratamente al ver que las mujeres de las asociaciones de víctimas llevaron homenaje y palabras de perdón y reconciliación a los hombres y mujeres que decidieron abandonar la guerra y tener una nueva vida. Me encantó darme cuenta que las mujeres que hacen mándalas y meditación sienten igual que yo, sobre el hecho de que el femenino y el masculino nos habitan a todos por igual y por eso, la lucha es de todos. Me emocioné al saber que uno de los hombres del ETCR pidió un sincero perdón a las víctimas, fui feliz, lejos de Bogotá, lejos de una marcha, viéndome entre hombres y mujeres que piden un cambio, me sentí feliz viendo a las mujeres disfrutar de su belleza, de su entereza, de su fuerza y de todas las palabras de poder que encontramos y anclamos a nuestro ser, como un amuleto que nos habita y nos alimentará cada vez que nos sintamos solas; me sentí feliz al ver que ellas y ellos podían sentir las diosas que llevamos dentro.

Me encontré este 8 de Marzo de 2018 en un lugar que jamás imaginé, con personas que no conocía pero que en secreto había pedido para mi vida, haciendo cosas que nunca pensé pero que me hacen vibrar, y por fin comprendí porqué y para qué se hace un homenaje el día 8 de Marzo, porque la memoria no se puede borrar, porque hay tantos seres pidiendo ser liberados de los estereotipos y porque muchas vidas se han sacrificado para que hoy nosotros disfrutemos la vida que tenemos.

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