¿En qué momento dejamos de soñar?

 

Kathryn OrcasitaKathryn
Investigadora Grupo Ahimsa
Corporación Descontamina
Trabajadora Social
Contacto: kathryn.orcasita.benitez@gmail.com
Twitter: @KatOrcasita 

¿En qué momento dejamos de soñar con un mundo diferente? Es la pregunta que ronda mi cabeza desde hace un par de semanas y que me ha llevado a este ejercicio reflexivo.

Concuerdo con Noam Chomsky[1] cuando dice que no es apatía lo que nos embarga sino resignación. Por ejemplo, las encuestas dan cuenta de que las personas no votan, no creen en la democracia y no creen en la política. Es verdad que en tiempos de elecciones hay mucho de apatía y también es verdad que hay mucho de analfabetismo político, desde lo individual; pero lo que más nos embarga, como colectivo, como sociedad, es la resignación. Nos hemos convencido de que las cosas que nos pasan están ya escritas o que nos las merecemos y no hay nada que podamos hacer.

No es necesario ser un-a intelectual para darse cuenta de que las cosas están mal y van muy mal. Basta con salir a la calle para ver las desigualdades que nos rodean y en las cuales vivimos, porque estas hacen parte de nuestra cotidianidad. Pero sí, es necesario empezar a leer más, pensar y cuestionar más, ser más críticos y creativos, para comprender el porqué de las desigualdades y la necesidad de su transformación, el porqué de la necesidad de un mundo diferente.

Nos han hecho creer – y nosotros nos lo creímos e incluso muchos lo defienden – que el actual sistema mundo, el sistema capitalista, es el único modo de producción y de relacionarnos posible e, incluso, que sus males y soluciones son únicamente individuales. Entonces, somos responsables como individuos, por ejemplo, de la pobreza – porque pensamos como pobres o no trabajamos lo suficiente – y de la destrucción del medio ambiente – porque tiramos un papel al suelo o no reciclamos. Pero, ¿dónde queda la concentración de la riqueza en el 1% de la población mundial, latinoamericana e incluso nacional? ¿Dónde quedan las acciones de las transnacionales que se benefician de la extracción de los recursos naturales destruyendo por completo la tierra y el agua y dónde quedan los daños de las guerras que deciden gobernantes de países como Estados Unidos, Francia e Inglaterra que destruyen ciudades completas?

Finalizando enero de este año, Rosa Cañete Alonso[2], coordinadora del Programa de Lucha contra la Desigualdad y la Captura del Estado de Oxfam en América Latina y el Caribe, decía:

Toda la vida nos enseñaron que hay que trabajar arduamente para conseguir el éxito económico y profesional. El nuevo informe de Oxfam, ‘Premiar el trabajo, no la riqueza’, indica que trabajar no siempre hace la diferencia. El sistema está premiando la riqueza y el poder por encima del esfuerzo y del trabajo. Por más que se esfuercen, el 28% de los trabajadores informales en América Latina y el Caribe siguen siendo pobres. Pero aún más indignante es que el 16% de las personas que sí tienen la suerte de tener un trabajo formal en la región, también siguen siendo pobres. Sus salarios, aprobados por ley, no alcanza ni para cubrir lo mínimo para vivir.

Entonces, hay algo que está mal, la base sobre la cual giran todas las relaciones económicas, políticas y socioculturales. Lo que está mal es el modo en el que nos relacionamos entre nosotras y nosotros, y con la naturaleza, generando explotación de unas cuantas personas sobre otras que son mayoría, y en esa dinámica hemos venido creando prácticas excluyentes, sexistas, racistas e incluso genocidas y, sumado a ello, la destrucción de la tierra, produciendo y reproduciendo así el actual sistema.

Un caso concreto y actual es el de Siria, país que está siento intervenido militarmente por Estados Unidos, Francia e Inglaterra, bajo el pretexto de una acción preventiva por el supuesto uso de armas químicas, de lo cual no existe una investigación concluyente. Sin embargo, esta intervención enmarcada en una lógica colonialista tiene más fines económicos y geopolíticos que democráticos, que van en busca del petróleo y el gas natural de la región. Otro caso es el de Colombia, donde los pocos avances para la terminación de un conflicto armado de seis décadas, que tiene su origen en la falta de garantías para la participación política y la concentración de la tierra en pocas manos, penden de un hilo por el incumpliendo de los Acuerdos de La Habana por parte del gobierno nacional y por las mentiras y desinformación que han minado acciones democráticas como el plebiscito para la paz del dos de octubre de 2016, las elecciones legislativas del pasado 11 de marzo del año en curso y que pueden llegar a incidir también en las próximas elecciones presidenciales.

Ciertamente hay poderes que superan nuestras individualidades, y más si estas están sumidas en la enajenación generada por trabajos de más de doce o catorce horas y la falta de condiciones para una vida digna; la falta de garantías para la participación política, comprendiendo, que esta no se limita al ejercicio del voto cada cuatro años; el consumismo; la falta de valores como la empatía, la solidaridad; y la híper-conectividad a través de redes sociales como WhatsApp, Facebook, Twitter, Instagram y YouTube.

La hiper-conectividad juega un papel importante en nuestros días. Nos hemos vuelto dependientes de las redes sociales para existir, si no tenemos una cuenta-perfil en alguna red “no existimos”, y para sobrevivir, ya que a través de estas podemos expresarnos y hacer catarsis como una práctica terapéutica; son los medios a través de los cuales más nos relacionamos. Allí, también, se encuentran las fuentes de que bebemos para informarnos, memes, fragmentos de vídeos modificados, encuestas modificadas y titulares de noticias, porque ni las noticias completas se leen.

Vivimos conectado-as todo el día; y nuestras acciones de queja y protesta muchas veces se reducen a reacciones virtuales, “me entristece”, “me enoja”, “me gusta”, “me encanta”, a escribir estados y a compartir imágenes con información incompleta o falsa. Las redes sociales pueden ser una herramienta importante para ampliar nuestras voces, sin embargo, estas acciones son limitadas porque no tienen un impacto sobre nuestras condiciones de vida, que son materiales.

Hay pensadores y pensadoras que dicen que el estado actual de desigualdades sólo puede superarse en la medida en que cambie el sistema mundo, y parece algo imposible. Sin embargo, la relación entre los individuos es dialéctica, histórica y material, de allí que las acciones individuales sean insuficientes y tienen que devenir en acciones colectivas para impactar en los diferentes ámbitos de la vida en sociedad. Y trascender de nuestras reacciones y opiniones en las redes sociales.

Sí, las cosas no están bien, pero las condiciones están dadas para volver a soñar con un mundo diferente. Es momento de inquietarnos, conmovernos y movernos para que este mundo algún día sea menos desigual.


[1] Hago alusión a la respuesta de Noam Chomsky en una entrevista realizada por el economista y especialista en Ciencias Políticas C.J. Polychroniou, titulada “La construcción de visiones de ‘paz perpetua’”, publicada originalmente en la plataforma de noticias Truthout el 19 de junio de 2016 y posteriormente en el libro ‘Optimismo contra el desaliento. Sobre el capitalismo, el imperio y el cambio social’, publicado en octubre de 2017.

[2] ‘La falsa promesa del trabajo duro’. Consultar el siguiente link: https://elpais.com/elpais/2018/01/30/contrapuntos/1517321358_661283.html


*Fotografía de la portada: Yira Miranda Montero
**Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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