La grandeza humana, el Catatumbo y el olvido

Yira Isabel Miranda MonteroYira
Profesional en Trabajo Social
Coordinadora, nodo Nororiente
yira.miranda@descontamina.org
Twitter: @YiraMirandaM 

 

“Va a tener mil pasados sin ningún futuro. No piense más.

Se va a quedar solo con recuerdos”

-El secreto de sus ojos

En el camino tuve que dejar unos cuantos rencores para seguir un viaje que comenzó hace 15 años. Aún le temo a contar mi historia. Ahora más que nunca le tengo pavor a la reacción de las personas a las que conozco si les contara de dónde vengo y porqué terminé aquí. Es un miedo justificado porque he visto lo que hace la polarización en el ser humano; he visto la violencia que destruye sueños y cuerpos. Vivir en la incertidumbre y el pasado te agotan y van apagando poco a poco el brillo de vida que hay en tus ojos. Por eso, decidí no vivir de recuerdos, no perder mi tiempo en ello si no da la oportunidad de pervivir en mi cotidianidad. No quiero sólo imágenes de algo vivido; quiero que mi memoria corporal se mantenga siempre latente  y si no tiene la fuerza para mantenerse, que venga el olvido y baile conmigo llevándose todo lo que me permití olvidar.

Recuperarse de los daños e impactos de la violencia producida por el conflicto armado es complejo pero posible, lo sé, lo viví. Lo vieron mis ojos en la mirada de un tierno niño a las orillas del río Algodonal, lo sintió mi cuerpo al pasar por La Playa de Belén. A pesar que nuestra cultura ha legitimado esas formas de relacionarnos, violentas; el ser humano y su capacidad de reinventarse recobran aliento y vuelven a llenarme de valor y convicción por lo que hago. Es la grandeza humana la que se expresa cuando un ser se con-mueve con otros y decide cambiar su realidad.

Nombrar al Catatumbo es ver reacciones de asombro, miedo o rechazo en los rostros de tus interlocutores; sus ojos no pueden esconderlo, son unos traicioneros al igual que los míos. En mi caso, sentirme emocionada por lo que vi, por lo que se está construyendo y soñando en las tierras del encanto Barí, me hizo reír y creer de nuevo. Y fue precisamente tal encanto de tierras ancestrales, el que motivó tantas experiencias en medio de un fugaz pero significativo recorrido por su territorio. Yo iba de visita a seis de los once municipios que conforman a la subregión del Catatumbo, pero debo decir que me quedé. Me quedé enamorada con ese amor que desea la felicidad del otro libremente, que quiere su existencia y cuida de ella; me emociono cada vez que alguien me pregunta o me habla del Catatumbo y sólo puedo quedarme atenta escuchando las narrativas de quien puedo aprender. Me pasa lo mismo con las transformaciones que puede tener este país y el mundo si nos relacionáramos desde la noviolencia, con amor. Ya he leído muchas veces que debemos emocionarnos para aprender y yo estoy viviendo el proceso intensamente. No me avergüenza decirlo, no me da pena hablar de amor porque creo firmemente en el poder que esta fuerza tiene sobre los seres humanos. Que desvirtuamos lo que amar significa, que por socialización tergiversamos lo que es el amor; pues sí, pero sé que hay un ideal común en el que amar es respetar la vida porque es sagrada. Mi ser lo percibió en esas tierras olvidadas.

Ábrego, Convención, El Carmen, El Tarra, Hacarí, La Playa, Ocaña, San Calixto, Sardinata, Teorama y Tibú conforman esta subregión que ha sido reconocida por el conflicto armado y la reyerta entre Fuerza Pública, paramilitares, las guerrillas de las FARC, el ELN y el EPL, todo por su ubicación estratégica y su riqueza natural. Eso es lo que se sabe gracias a “los medios de comunicación”, con eso hemos decidido quedarnos y por lo mismo vetamos paisajes, etiquetamos lugares, olvidamos pueblos completos y decidimos recordar personas como si se hubiesen ido para siempre. “Los ojos hablan” esa ya es una línea a la que hemos sabido quitarle su magia. A la gente le han querido doblar el carácter, extraer su fuerza, romper sus vínculos, arrebatar a sus seres queridos y a su vida misma, sin embargo sus ojos me hablaron, expresaron alegría, atención y hospitalidad como a cualquier familiar que vuelve a la casa de sus padres. Sentí miradas intensas, interrogadoras, cálidas y cariñosas, otras apasionadas, silentes y entusiastas. Fui feliz al percibir tanto, sentir es una de las cosas que me llenan de vida, que te dicen “aún estás aquí, así que aprende”. Lo hice sin juzgar, sin ser juzgada por pensar-hacer diferente.

Columna 67

Fotografía: Yira Miranda

Por esas tierras hay una obsesión por el olvido, y hay quizás razones para ello. Ha sido una región olvidada por el Estado y los gobiernos de turno; el conflicto provocó su segregación; la frontera los alejó; el miedo selló sus caminos y carreteras. Eso dicen allá. No querría pensar que una de las razones es porque no nos importa el Catatumbo y mucho menos su gente. Empero, lo que sí es cierto es que hemos adiaforizado la crueldad de la violencia. Por ende, el olvido se ha vuelto un lugar común, que no se quiere dejar, del cual muchos se sienten orgullosos pero sólo ha sido su forma de enfrentar la realidad. Una coraza que los protege de relacionarse con los demás para no permitirse querer, para evitar. Otros tantos, en cambio se han válido de sus historias y experiencias vividas para reconstruir la memoria de los hechos que causaron daño, aclarar la verdad, fortalecer el trabajo comunitario, resignificar las relaciones basadas en la interexistencia para entrelazar ese tejido social que necesita nuevas hebras y colores.

Puede parecer ridículo porque ahora nos burlamos de quién expresa su amor, pero esa es mi nueva bandera y yo me enamoré de las tierras y la gente del encanto Barí. En medio de la tristeza por las últimas noticias que nos muestran el impacto de la violencia en la ciudad, hay que expresar nuestra bondad y buena voluntad para no seguir acumulando rencores y esforzarnos por la reconciliación; en lo urbano pero con urgencia en lo rural.


*Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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