Empatía: lo humano (Parte I)

David Sebastián Guáqueta RiveraDavid
Investigador Grupo Ahimsa
Corporación Descontamina
Psicólogo, Estudiante de Filosofía
Contacto: davidguache2@hotmail.com
Twitter: @davidguapato

Me entristece la falta de apoyo logístico y económico del Estado para la tragedia de Mocoa y para quienes han intentado proporcionar cualquier clase de ayuda. Mientras los medios publican historias sobre personas y grupos que decidieron enviar auxilios, ir a atender personas y animales; no muestran la negativa del Estado a invertir grandes cantidades de dinero para solventar la situación de los damnificados, justificando y normalizando la falta de acción política. Pero esto no es lo único triste en la vida del país que denote una profunda falta de conexión con el dolor ajeno. Recientemente, nuestra vida social ha experimentado la vulneración por medio de amenazas y asesinatos sistemáticos a líderes comunitarios, y otras personas que aún intentan escapar del conflicto; marchas no pacíficas con enfrentamientos entre manifestantes, policías y otras personas; políticas del odio, fomento de la discriminación, de la desigualdad y del desprecio a la posible reconciliación; conflictos entre sectores partícipes del conflicto armado; permanentes casos de violaciones, maltrato y asesinatos a mujeres y población LGBTI; y la lista continúa.

En Colombia, el conflicto armado, la desigualdad social y económica, el escalamiento acelerado de conflictos, la opresión sobre las minorías, la cultura sexista, prejuiciosa y limitante de las libertades, son sólo algunos ejemplos que han marcado la vida de generaciones de personas nacidas, criadas o instaladas en nuestro país. Pero no sólo ocurre en nuestro país. La violencia, la agresión y, en general, el daño a cualquier nivel (psicológico, físico, económico, social, etc.), son fenómenos presentes en la historia de la especie desde que se tenga registro. Se encuentran tan persistentes en el transcurrir de las sociedades humanas, que desde muchas corrientes, pensamientos, mitos y tradiciones, se ha intentado responder y representar la pregunta de si cometer daño a otro ser humano es un acto que nos define, o es un acto que nos enajena y nos aleja de nuestra propia humanidad.

Este rápido y simplificado recuento de atrocidades, desprecios y dolores humanos, lo he realizado con el fin de abrir una pregunta: ¿cómo se quebrarían o modificarían todos estos problemas si nuestras acciones, comentarios y opiniones pasaran por el filtro del vínculo emocional con otro ser humano, sin importar quién sea? Este vínculo al que me refiero es la llamada empatía: la posibilidad humana de congeniar emocionalmente con la experiencia subjetiva de otra persona, generando goce compartido o sufrimiento compartido. La preocupación por el bienestar de esa persona es una consecuencia que generalmente viene acompañada de la experiencia empática. Igualmente, algunas investigaciones y teorías[1] apuntan a un componente cognitivo de la empatía (la toma de perspectiva, como capacidad de ponerse en el lugar del otro, entendiendo sus motivos, sentimientos y pensamientos). Incluso se ha querido desdibujar esta distinción cognitivo-emocional, denotando el carácter lógico y narrativo de toda emoción, dando a la empatía un carácter de experiencia extensiva de vínculo con otro ser humano, modificando incluso la identidad, los prejuicios y estereotipos, y la percepción de sí mismo. En otras palabras, la empatía es un encuentro consigo mismo a través del Otro (ser humano), y un encuentro del Otro a través de uno mismo.

Los fenómenos de agresión y violencia permanente tienden a reproducirse culturalmente en un ciclo de violencia. Esto ocurre por aprendizaje o por incorporación de los discursos sociales, en la familia, barrio, ciudad, y cualquier entorno cercano donde nos desarrollamos en el transcurso de nuestra vida. Como resultado, se vuelven naturales las prácticas destructivas por creencias que las justifican, y cada vez hay una menor posibilidad de sentir empatía por los demás. De esta manera, se podría entender que pervivan violencias sistemáticas en todos los niveles de la sociedad colombiana: violaciones, maltrato intrafamiliar, rechazo social y discriminación, linchamientos, bullying (intimidación escolar), conflictos entre grupos armados y criminales, políticas desiguales y muchísimos más. En otras palabras, vivimos en un país con historial de violencia, un país desmembrado, donde la separación de los demás es casi que la norma.

Pero, ¿cómo se ha intentado contrarrestar esta situación? Mucha de la formación ciudadana (o en valores, como tradicionalmente se ha llamado a la formación para la convivencia), se basa en un establecimiento de normas instauradas sobre el sujeto por vía del castigo o por vía de un discurso. El caso de los castigos ha sido asociado con fenómenos de autoridad ciega, modelos de crianza variables, rechazo violento al modelo, baja autoestima, y, en últimas pérdida, de eficacia del castigo, entre otras consecuencias indeseadas. En el segundo caso, los aprendizajes suelen limitarse al discurso mismo, generando lo que muchas veces se ha llamado la “doble moral”, el “critica pero no aplica”, y cuanto juicio alejado de la propia actitud sea posible imaginar. En general, la educación y los modelos morales en la cultura e historia colombianas no han contribuido a que nos desarrollemos como seres emocionales, conscientes de nuestra vulnerabilidad y capaces de entrar en contacto con la experiencia de los demás.

¿Qué pasaría entonces si la formación del ser humano en sociedad se fundara sobre la base de su propia experiencia emocional y social? Dejando aceleradamente (y tal vez, de forma descuidada) las distinciones terminológicas y conceptuales, autoras y autores han pensado la posible relación e influencia de este vínculo emocional y ontológico entre los seres humanos sobre los procesos políticos y sociales. Ya sea a través de la vulnerabilidad ontológicamente inherente a la experiencia humana, o desde la compasión nacida del encuentro emocional, ha sido posible construir teorías morales no prescriptivas ni fundadas en supuestos metafísicos. Para notar algunos ejemplos, están Husserl y la fenomenología, Judith Butler, Adriana Cavarero, Martha Nussbaum, teorías ecofeministas, y muchos más. La preocupación política y económica, la necesidad de dar explicación y proponer posibles salidas a la violencia, funda y motiva estas filosofías. La búsqueda de ese vínculo de la experiencia subjetiva con la colectiva ha propiciado la aparición de una renovada forma de entender y proponer las interacciones humanas.

Desde una esfera más científica y práctica, existen en la actualidad muchos programas en todo el mundo que fundamentan sus acciones sobre la base de la empatía, la compasión, la experiencia de la vulnerabilidad y el reconocimiento del Otro (ser humano) en sí. Reducción de violencia escolar, intrafamiliar, e incluso diálogos entre grupos en conflicto armado existente, son sólo algunos de los logros que se pueden encontrar en la literatura especializada y en la prensa de difusión. Disparidades entre posiciones contrarias en comunidades marcadas por violencia han sido reducidas tremendamente a través de estos programas, desvaneciendo prejuicios, minimizando la discriminación, posibilitando vías de comunicación entre enemigos declarados, e incluso abriendo paso a la construcción colectiva de acciones en bien de la población local. Y uno de los más interesantes resultados, a mi interés personal, es que la empatía no sólo reduce la violencia sino que fomenta acciones de defensa y apoyo para quienes son víctimas del daño. La movilización ciudadana y la intervención de testigos son de los más eficaces modos de detener las agresiones, convirtiéndose en un “arma” para el ejercicio de la ciudadanía.

Para cerrar, he querido mostrar acá que la empatía, al conectar con el sufrimiento de otro ser, hace más difícil llevar a cabo actos agresivos, violentos y dañinos, pues parte de la experiencia individual se ve permeada por la de alguien más. Podría tratarse así de una capacidad que posibilita al ser humano renovar sus interacciones desde un nuevo foco nacido de su propia experiencia, transgrediendo la marcada individualidad que en la tradición occidental nos han impuesto. Se trata de una capacidad que puede ser fomentada en procesos de formación y desarrollo colectivo. Dado que son muchos los mediadores de esa experiencia compartida, como la representación, la comunicación y los prejuicios frente a lo Otro y frente al dolor ajeno, trabajar en pro de la empatía incluye, además, permitir la difusión de las representaciones de la vulnerabilidad humana y de la comunicación efectiva de las vivencias subjetivas de los afectados (o de los que serán afectados). La empatía podría llevar una conexión entre lo individual y lo colectivo, posibilitando el tan difícil vínculo entre la experiencia de las libertades y derechos individuales hacia prácticas de beneficio común que, en teoría al menos, plantea un modelo realmente democrático.

[1] Para una profundización en literatura especializada, sugiero una bibliografía al final que de relativo fácil acceso. En este punto, la compilación de Scapaletti (2011), titulada Psychology of Empathy, puede ser un buen inicio.


Bibliografía

Alves, P. (2012). “Empatía y ser-para-otro. Husserl y Sartre ante el problema de la intersubjetividad”. En: Investigaciones Fenomenológicas, 9: pp. 11-38.

Butler, J. (2006). Vida precaria: El poder del duelo y la violencia. Trad. Fermín Rodríguez, Buenos Aires: Paidós, 192 p.

Butler, J. (2012). “Precarious Life, Vulnerability, and the Ethics of Cohabitation”. En: The Journal of Speculative Philosophy, 26 (2): pp. 134-151.

Castaño, C. (2011). “The Role of Science Education in the Amelioration of Aggression through the Development of Empathy and Compassion”. En: Danielle Scapaletti (comp.), Psychology of Empathy: Psychology of Emotions, Motivations and Actions, New York, Nova Science Publishers: pp. 33-92.

Cavarero, A. (2011). “Judith Butler and the Belligerent Subject”. En: Annali d’Italianistica. Italian Critical Theory, 29: pp. 163-170.

Chaux, E. (2003). “Agresión reactiva, agresión instrumental y el ciclo de la violencia”. En: Revista de estudios sociales, Universidad de los Andes, Bogotá, junio (15): pp. 47-58.

Chaux, E. (2012). Educación, convivencia y agresión escolar, Bogotá: Ediciones Uniandes, Taurus, Santillana.

Diprose, R. (2013). “Corporeal Interdependence: From Vulnerability to Dwelling in Ethical Community”. En: SubStance, 42 (3): pp. 185-204.

Gil, S. (2014). “Ontología de la precariedad en Judith Butler. Repensar la vida en común”. En: ÉNDOXA: Series Filosóficas, 34, UNED, Madrid: pp. 287-301.

Khetrapal, N., Tiwari, M. y Vaish, A. (2011). “Empathy Directly Perceived”. En: Danielle Scapaletti (comp.), Psychology of Empathy: Psychology of Emotions, Motivations and Actions, New York, Nova Science Publishers: pp. 251-256.

Laurent, S. y Myers, M. (2011). “Empathic Merging of Selves: Perspective Taking and Self-Other Overlap”. En: Danielle Scapaletti (comp.), Psychology of Empathy: Psychology of Emotions, Motivations and Actions, New York, Nova Science Publishers: pp. 1-32.

Thompson, K. y Gullone, E. (2003). “Promotion of Empathy and Prosocial Behaviour in Children through Humane Education”. En: Australian Psychologist, noviembre 38 (3): pp. 175-182.


*Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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