Su nombre era Rosa

Kathryn OrcasitaKathryn Investigadora Grupo Ahimsa
Corporación Descontamina
Trabajadora Social
Contacto: kathryn.orcasita.benitez@gmail.com
Twitter: @KathrynOrcasita

Rosa, era su nombre; fue asesinada por su compañero sentimental el 9 de agosto de 2015, un mes después de ser tipificado el feminicidio como un delito. Rosa era mi vecina, vivía a dos cuadras de mi casa, tenía una hija y se le medía a trabajar en cualquier cosa para sobrevivir: una berraca. Era domingo el día que fue degollada.

Era muy temprano cuando tuve que ir a la tienda a comprar lo que faltaba para el desayuno. Estando en la tienda, pasó una vecina llorando y diciendo: “mataron a Rosa, mataron a Rosa”. En ese momento no sabía qué pensar y tampoco recordaba quién era Rosa. Al rato llegó el Cuerpo Técnico de Investigaciones, muchas personas se encontraban por fuera de sus casas alarmadas y aún sin comprender lo que había sucedido, pues ya se había corrido el rumor sobre quién había sido el asesino, su compañero sentimental, también se podían escuchar cualquier cantidad de comentarios, dentro de los cuales hubo uno que llamó mi atención, el de la vecina de alado de mi casa, una mujer que la conocía y decía ser su amiga, ésta decía algo así: “Rosa se lo buscó, porque ese muchacho ya tenía mujer y vivía con ella, Rosa se metió en el medio y ahí tiene las consecuencias”; también se escuchaban comentarios sobre que la pareja se encontraba en una fiesta y habían discutido. Al día siguiente, a primera hora, en la sección judicial del periódico Vanguardia Liberal, decía: “En menos de 24 horas asesinan a dos mujeres en Bucaramanga”. Un titular escalofriante y aterrador, pero no más que su contenido.

Gracias a la Ley Rosa Elvira Cely, la Ley 1761 del 6 de Julio de 2015, por la cual se tipifica el feminicidio como un delito punitivo, los medios de comunicación han venido visibilizando el asesinato de mujeres, lo cual es un gran paso, pero, esta información se da de manera sesgada, prejuiciosa y un tanto morbosa; la información es sesgada porqué dependerá del lugar que ocupe el agresor en la sociedad (si es rico o si es pobre); prejuiciosa, porqué se hace ver a la víctima como provocadora de los hechos; y morbosa, por la importancia que se le da a la manera en la que la mujer fue asesinada o agredida sexualmente, obviando las causas que desencadenan este tipo de violencias.

Es doloroso, aterrador, desconcertante y paralizante cada vez que se anuncia un nuevo feminicidio, pareciera que el mundo se estuviera volviendo cada vez más abrumador y peligroso, sobre todo para nosotras, las mujeres; pero no, siempre ha sido así, solo que ahora somos más conscientes de este tipo de violencia porque los medios de comunicación la han puesto de golpe ante nuestros ojos y porque son nuestras vecinas o amigas las que están siendo agredidas y asesinadas, convirtiéndose en una noticia más o en un número más dentro de las estadísticas; y alarmándonos porque la siguiente, quizás, podría ser otra de nosotras.

Pero hay algo aún peor, los comentarios de las personas que legitiman la violencia contra la mujer, y así cualquier tipo de violencia contra cualquier persona, aún más si ésta es pobre o pertenece a una comunidad étnica, y ni hablar si es LGBTI. Haciendo énfasis en esto, William Ospina dice:

Cuando oímos hablar de que alguien, generalmente una persona pobre, ha sido asesinado, nuestra primera tendencia es decirnos en silencio: “Quién sabe en qué andaría metido”; del mismo modo que cuando se nos cuenta que alguien ha sido víctima de asaltantes en algún sitio peligroso, nuestra reacción mental es: “Quién lo manda a meterse donde no debe”. Todas esas respuestas que a veces se hacen explícitas tienen un fondo ético que vale la pena interrogar. Creo que contienen un principio de justificación del hecho por el camino de no culpar inicialmente al agresor sino a la víctima. Algo hace que tendamos a tomar el partido del agresor contra la víctima, pero ello se manifiesta bajo una suerte de elipse mental en la cual se asume que, siendo la realidad tan peligrosa, cada quien anda por el mundo por su cuenta y riesgo y es responsable de su vida[1].

Bajo ese elipse mental, del cual habla William Ospina, se legitima la agresión sexual y el asesinato de mujeres por cómo éstas están vestidas, si sale de noche, si solo tiene amistades masculinas o si está sola, entre otras; tampoco podemos olvidar que en Colombia, un país aún en guerra, se viola y se asesinan mujeres por ser lideresas sociales o políticas o por simpatizar con el grupo enemigo. Estableciendo así varios tipos de feminicidios, uno de tipo doméstico ligado a la intimidad, efectuado por nuestras parejas sentimentales, familiares, amigos; otro de tipo impersonal por asesinos seriales; y otro de carácter militar, en el marco del conflicto armado interno.

Sin embargo, todos contienen una fuerte carga política, ya que de acuerdo con Rita Segato[2], las agresiones sexuales y el asesinato de mujeres son el medio a través del cual el hombre o el grupo armado demuestran su poder, su potencia, sobre las mujeres o sobre el grupo enemigo. Lo cual nos invita a mirar este tipo de violencias en clave política y no desde una mirada puramente clínica, como generalmente hacemos, cuando llamamos a los agresores enfermos.

El machismo no es una enfermedad de la que un día nos contagiamos y al tomar las vitaminas o el antibiótico acabamos con él, el machismo es más una cuestión política, ligado al poder y al lugar que ocupamos hombres y mujeres en la sociedad, de ahí que para contrarrestarlo debamos acudir a la educación y formación en Derechos Humanos, Derechos Sexuales y Reproductivos, así como en Equidad de Género, como también recurrir a otras estrategias noviolentas que desescalen las diferentes violencias que median las diversas maneras en las cuales nos relacionamos entre los géneros, con todos sus matices, familiar, interpersonal, económico y cultural; pues tampoco se nace machista o violento sino con el devenir del tiempo vamos adquiriendo dichas prácticas, las cuales podemos desaprender.

En ese mismo sentido y de forma sintetizada, desde una mirada feminista y crítica, la antropóloga Rita Segato, dice en una entrevista:

Yo creo que es muy importante re-aproximarnos a la violencia contra las mujeres, bajo nueva luz, pienso que hemos trabajado mucho, los diversos movimientos feministas para entender esta dimensión, inherente al género, que es la violencia, género y violencia son prácticamente sinónimos, ya que el género representa la primera célula fundacional de todos los poderes. Entonces, es una expansión de la violencia de varias formas, unas más sutiles que no pasan por el golpe o la violencia física, pero igualmente son formas de violencia que van constantemente reconduciendo a las mujeres a una posición de subordinación, a una posición de docilidad, diversas; por ejemplo, la confusión a que nos lleva el hecho de que hablemos de violencia sexual, cuando uno le llama violencia sexual, entiende que tiene que ver con la sexualidad, yo creo que es un nombre, una categoría bastante desorientadora, que nos lleva a equívocos, porque si la violencia es por medios sexuales, no significa que su razón sea sexual, y esto desorienta mucho porque al decir que la razón es sexual, empujamos constantemente todo lo que nos pasa a las mujeres al campo de lo privado, de lo íntimo, todo lo que tiene que ver con nosotras tiene que ver con la intimidad y no es así, inclusive las propias violencias domésticas, en la forma en que se presentan hoy, no tienen necesariamente que ver con el campo de la intimidad, pero responden a mandatos que son políticos, que tienen que ver con las obligaciones del hombre a reconducirse constantemente a una posición de potencia, de poder. Entonces, la verdad es que tenemos que hablar de violencias contra las mujeres por medios sexuales y de una violencia doméstica que es política, pero no en el sentido de los feminismos de los años 60 y 70 de que lo personal es político, sino de una forma quizás un poco más compleja, porque hemos visto que ese eslogan del feminismo, que fue muy potente en su tiempo, ha llevado a las mujeres al campo de la política, de ser representantes, alcaldesas o diputadas o juezas o tener profesiones, sí, las ha sacado en las profesiones y en los estudios del espacio doméstico, pero en un tema que es central al género que es la violencia no ha tenido su impacto. Entonces, entender que hoy el tema de la violencia y el tema de género es un tema planamente político, de otra forma; y luchar para que no sea minorizado, la presión constantemente y el juego lo hacen inclusive en los términos sexuales, es la minorización de nuestro tema, y reconstruir lazos, o sea, para mí el camino ahora de la historia está, tiene que ser anfibio, o sea, manteniendo una cierta actuación y expectativa y luchas dentro del Estado pero sin poner todas nuestras fichas dentro del campo estatal e ir construyendo otras formas de institucionalidad, que refuercen los vínculos que vamos construyendo entre nosotras mismas y mostrando, generando retóricas que muestren nuestras formas de felicidad, o sea, cómo las mujeres en su camino histórico, siendo el sujeto de las comunidades, el sujeto del arraigo, el sujeto de los mercados regionales y locales, el sujeto de la vincularidad comunal, ella tiene en serlo, una forma propia de felicidad, que vale la pena, que vale la pena mostrar al mundo y de la cual va a venir de la mano otro camino de la historia[3].

Cuando escuché a Rita me pregunté, qué puedo tomar de todo lo que dijo, pero llegué a la conclusión de compartir con ustedes todo el comentario, porque es muy poderoso; nos propone mirar a las violencias de las cuales somos víctimas las mujeres e incluso los hombres desde otra perspectiva, también nos invita a las feministas a repensar lo que ya habíamos pensado, pues los problemas son los mismos, sí, pero los contextos han cambiado y las violencias se han recrudecido, y a su vez nos invita a mostrarle al mundo no solo las violencias que sufrimos sino también los caminos que ya hemos recorrido, y que vale la pena ser rescatados para los nuevos retos que nos plantea el momento actual.

Para finalizar, quiero volver a llamar la atención sobre dos aspectos, uno, las actitudes que tomamos o los comentarios que realizamos con cada caso de feminicidio y ante cualquier tipo de violencia, para invitarles a cuestionar dichas actitudes y comentarios, así como a repensar nuestros fundamentos éticos, pues aunque se crea, consciente o inconscientemente, que cada cual va solo por el mundo siendo responsable de su propia vida, lo cierto es que, “una conducta completamente discreta de cada uno de nosotros tiene tremendas repercusiones públicas. Y lo que no queremos advertir es que esa actitud que parece protegernos del caos y salvarnos de la responsabilidad, es la que permite que nosotros también podamos ser víctimas, igualmente inermes, de un clima de insolidaridad que continuamente contribuimos a formar”[4].

Y dos, sobre la Ley Rosa Elvira Cely; sin duda alguna ésta ley es un gran avance en términos normativos y de justicia, no obstante, no es suficiente con nombrar los feminicidios y visibilizarlos así como exigir las condenas más altas para los agresores, sino se denuncia, se nombran y visibilizan aquellos aspectos de la vida cotidiana, como la forma en la que amamos, por ejemplo, mediados por los diferentes tipos de violencias que terminan en agresiones sexuales o asesinatos y si tampoco se invita a los hombres a cuestionar y resignificar el lugar que ocupan y representan en la sociedad.

[1] OSPINA, William. De La Habana a la paz. 1ª Ed. Bogotá: Debate, Penguin Random House Grupo Editorial, 2016. P. 17.

[2] SEGATO, Rita Laura. Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres. En: Revista Sociedade e Estado. (2014) Vol. 29 No. 2.

[3] SICOM TV. SOLIDARITAT I COMUNICACIÓ. Radicalmente Feministas 3. Nuevas guerras contra los cuerpos de las mujeres. Rita L. Segato. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=phu5mLStpRo

[4] Op. cit., OSPINA, William. p. 17.

**Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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