El miedo a los feminismos es miedo a la igualdad.

el

Yira Isabel Miranda MonteroYira
Profesional en Trabajo Social
Coordinadora, nodo Nororiente
yira.miranda@descontamina.org
Twitter: @YiraMirandaM 

Esto es personal. Les presento “las dos caras de la moneda” para que no me salgan con el comentario desgastado de “Ay, pero las mujeres también son machistas”. Porque sí, en esta sociedad lo somos, al haber sido educados así. Sin embargo, hay quienes siguen intentando transformar esas realidades violentas. De corazón hago la invitación para que lo intentemos, desaprendamos y empecemos desde el trato digno y con igualdad en nuestra vida cotidiana. Ya se lanzó la moneda.

Un eurodiputado dijo la semana pasada en el Parlamento Europeo que las mujeres deben cobrar menos que los hombres porque son menos inteligentes. Desde el año pasado, una asambleísta santandereana viene diciendo que las mujeres deben ser esforzadas pero no autosuficientes y mucho menos feministas. Hace un tiempo un ex procurador viene diciendo que las mujeres no tienen derecho a decidir sobre su propio cuerpo, refiriéndose al derecho IVE. Hace unos días una periodista criticó a una actriz por llamarse feminista y mostrar sus tetas. Personas ubicadas en posiciones de poder que ven al feminismo como algo negativo a pesar de todo lo que este ha permitido.

Los feminismos han enfrentado todo tipo de interseccionalidad[1]. Así se le define al encuentro de las características, raza, sexo y clase en un solo cuerpo. Raza, como un concepto que nos dividió en humanos superiores e inferiores por las características físicas. Sexo, como algo dado naturalmente y por el cual seríamos educados como niñas y niños, obligatoriamente. Clase, como otro de esos inventos que no debieron inventarse para terminar de dividir a la sociedad entre pobres y ricos. ¿Hasta ahora, va sencillo, no? Esto es lo básico. En un mundo machista y que le tiene fobias a todo lo diferente, ser diferente ya es una maldición. Ser mujer es encarnar la maldición, gracias a que “Eva se comió la manzana”. El colmo.

Un cuerpo vive discriminación si expresa una de esas características basadas en la inferioridad. Los cuerpos son invisibles, si presentan los tres conceptos a la vez. Por ejemplo, imagine que es una persona que se reconoce como mujer, es indígena y a su vez vive en condiciones de pobreza. También puede imaginar qué es una persona que se reconoce a sí misma como transgénero, es afrodescendiente y no ha logrado conseguir empleo. Igualmente, intente imaginar cómo sería su vida sí se reconociera como lesbiana, morocha y de la frontera con Venezuela o campesina, para situarnos aquí. Personas que no tienen una posición de poder.

Esto lo hago para enfatizar que muchas de estas personas experimentan la vulneración de sus derechos fundamentales y sostienen las bases de la desigualdad. La mayoría no tiene acceso a oportunidades laborales que impacten su calidad de vida para mejorar. Viven una especie de esclavitud en la actualidad. Quienes tienen los privilegios sólo terminan aprovechando su posición para hacer de aquellas sus subalternas; “agradecen” la labor que desarrollan pero no reconocen los derechos que tienen las personas. Quienes viven la maldición de la interseccionalidad son considerados cuerpos desechables. Sin embargo, sólo quise hacer énfasis en la situación de desventaja que puede tener una mujer o una persona que expresa lo femenino. La cuestión está en hacer resistencia ante la violencia que suscita declararse feminista o expresar sus inclinaciones políticas hacia el feminismo.

Sí para las personas del ejemplo es complejo hacer de sus vidas un ejercicio feminista, pensemos en lo que implica declararse feminista, siendo mujer y figura pública. O lo que es “peor”, al menos para mi imaginación, declararse feminista, siendo reconocido como hombre y figura pública. Este último casi no se ve, pero aprovecho e insisto en invitar a hacerlo. Retomando, estamos tan colonizados de machismo que sí alguien hace este tipo de afirmaciones públicamente, la respuesta en su mayoría es negativa y llena de violencia. Y tal vez entiendo el porqué. Esto ya lo han dicho muchas estudiosas y adeptos al feminismo; quienes están en posición de privilegio no van a permitir fácilmente que sean tratados en condición de igualdad con quienes no consideran sus iguales. Esto es personal. Es tan personal que lo vivo en casa a diario, lo veo en el barrio, en la calle, el campo, la ciudad. En los lugares de trabajo es cruel porque nos dicen en la cara que nos pagaran menos por las mismas labores desarrollas por alguien que se reconoce como hombre. Y ni menciono la complejidad de la vida de quien como mujer ha decido hacer transición a lo masculino y viceversa.

El feminismo como movimiento le ha dado a las mujeres la posibilidad de ser figura pública, elegidas para representar, además de la oportunidad de votar. Ha querido aportar en el aprendizaje de las nuevas masculinidades. Los feminismos han pensado en las otras formas de ser y vivir los géneros de manera que se pueda ser tratado con igualdad y reconocimiento de todos sus derechos. Así que, no se le debe temer a los feminismos porque hacerlo y reaccionar con violencia, rechazo y machismo es no querer la igualdad entre seres humanos. Lo entenderé así, si no se dan la oportunidad de conocerlos y aplicarlos.

Al terminar de leer esta columna, se darán cuenta que las palabras clave son IGUALDAD y RECONOCIMIENTO. Son elementos, integradores, respetuosos, que mejoran la calidad de la vida. Por eso este 8 de marzo yo reconozco el rol de las mujeres y de quienes nos quieran acompañar para denunciar las violencias y exigir derechos en el paro y movilización internacional de las mujeres trabajadoras.

[1] Hill, Patricia. (2012). “Rasgos distintivos del pensamiento feminista negro” en JABARDO, Mercedes (ed.), Feminismos negros. Una antología, Traficantes de sueños, Madrid, ps. 99-131.

*Fotografía de Pixabay

*Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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