Estamos viviendo una hora americana: sobre la memoria

Kathryn OrcasitaKathryn Investigadora Grupo Ahimsa
Corporación Descontamina
Estudiante de Trabajo Social
Contacto: kathryn.orcasita.benitez@gmail.com
Twitter: @KatOrcasita 

“(…) Hoy, ya no es posible sostener, que las complejas vicisitudes humanas avancen todas hacia un mismo y único fin. Se ha disuelto la idea unitaria de Historia y, con ella, cualquier pretensión de centralidad absoluta”[1].

Las memorias de las víctimas sobrevivientes a la gran tragedia que ha representado el conflicto armado interno pueden ser entendidas como múltiples y diversas historias y relatos dentro del gran relato de la Historia colombiana. Y son precisamente éstas otras historias y otros relatos, valga la redundancia, las que dan cuenta no solo de los hechos violentos y de los daños tangibles e intangibles efectuados sobre las personas y las comunidades, sino también han permitido identificar las diferentes maneras de reconstruir el tejido social y el país, así como de construcción de la Paz y de hacer las paces.

Así como las memorias de las víctimas, la historia de Colombia puede ser vista como una de las tantas otras historias que conforman el continente y el mundo. Sin embargo, tanto las memorias de las víctimas como la historia de este país están dotadas de identidad. Refiriéndose a la fuerza que tiene el papel de la memoria y en ella la identidad, Eduardo Galeano dice:

Yo fui un pésimo estudiante de Historia. Las clases de historia eran como visitas al Museo de cera o a la Región de los Muertos. El pasado estaba quieto, hueco, mudo. Nos enseñaban el tiempo pasado para que nos resignáramos, conciencias vaciadas, al tiempo presente: no para hacer la historia, que ya estaba hecha, sino para aceptarla. La pobre historia había dejado de respirar: traicionada en los textos académicos, mentida en las aulas, dormida en los discursos de efemérides, la habían encarcelado en los museos y la habían sepultado, con ofrendas florales, bajo el bronce de las estatuas y el mármol de los monumentos. Ojalá Memorias de Fuego pueda ayudar a devolver a la historia el aliento, la libertad y la palabra. A lo largo de los siglos, América Latina no solo ha sufrido el despojo del oro y la plata, del salitre y del caucho, del cobre y del petróleo: también ha sufrido la usurpación de la memoria. Desde temprano ha sido condenada a la amnesia por quienes le han impedido ser. La historia oficial latinoamericana se reduce a un desfile militar de próceres con uniformes recién salidos de la tintorería. Yo no soy historiador. Soy un escritor que quisiera contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable: quisiera conversar con ella, compartirle los secretos, preguntarle de qué diversos barros fue nacida, de qué actos de amor y violaciones viene[2].

Quizás, muchas/os fuimos pésimas/os estudiantes de Historia, y no precisamente porque no nos interesase o simplemente nos pareciese aburrida, sino por la forma en la que era contada o relatada, ya que no se nos mostraba la importancia de ésta en el presente más allá de un requisito académico y estandarizado. Quitándole así vida a la misma Historia y limitándola a las fechas de los hitos más importantes que atravesaron la vida nacional, regional y muy pocas veces, la vida local.

Hoy, debido al valor que han venido adquiriendo las memorias de las víctimas en el plano sociopolítico, académico e incluso en el ámbito de la justicia, en el caso colombiano, se podría decir que se le ha devuelto a la Historia y sobre todo a las mismas víctimas el aliento, la libertad y la palabra, arrebatadas por la guerra e incluso por los mismos medios de comunicación, abriéndonos así los ojos ante una multiplicidad y diversidad de historias.

Después de la firma de la terminación del conflicto armado para la construcción de la paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP) y el Gobierno Santos, el momento actual nos plantea la necesidad de entablar una conversación permanente no solo con las víctimas sobrevivientes, sino también con nuestras/os abuelas/os, como también con aquellas comunidades étnicas sobrevivientes de la época de la colonización y de la guerra actual; ya que sólo será a través de esta conversación como podremos conocer de qué barros nace y violaciones viene este país, sino también conocer cuáles fueron los actos de amor que les han llevado a resistir y a sobrevivir, para así establecer los cimientos de lo que sería un nuevo país, pues en palabras de William Ospina:

El país que hoy tenemos es muy distinto del país en que crecimos. La gran verdad de la Colombia contemporánea es que en el curso de las últimas décadas la idea del país que nos proveyó la escuela, la que acuñaron los profesores republicanos, se ha derrumbado. Y ante nuestros ojos ha aparecido un país mucho más diverso geográficamente, mucho más complejo étnicamente, mucho más rico culturalmente, del que nos había legado la tradición. El discurso en que se sustentó la república en el último siglo no veía más que un país blanco, católico, europeo, de lengua castiza, educado por la Iglesia católica, donde en la teoría y en la práctica estaba prohibida la lectura libre. Una democracia fundada sobre la ignorancia de las muchedumbres, sustentada en la tiranía de las bellas palabras, en la intimidación y en el soborno. Los gobernantes no se hacían elegir mediante programas discutidos con la comunidad sino mediante elocuentes discursos plagados de figuras retóricas, o mediante la feroz desfiguración de sus oponentes, para infundir el miedo al contrario, o mediante la obscena distribución de sancochos de gallina y botellas de aguardiante, costumbre que persiste hasta hoy, y desde el comienzo de la vida republicana se vio esa grotesca manipulación de masas iletradas, tiranizadas por las tribunas y por los púlpitos[3].

Y ya que cada día somos más conscientes de que el pasado no se ha quedado quieto pero que sí tiene grandes huecos y muchas veces ha sido silenciado, es momento de recurrir incluso a nuestras mismas memorias, como dice Simón Rodríguez, “abramos la historia: y por lo que aún no está escrito, lea cada uno en su memoria”[4].

En una mirada retrospectiva de lo que fue el proceso de negociación entre las FARC-EP y el Gobierno Santos, se podría decir que éste estuvo lleno de muchas emociones y sentimientos de esperanzas-desesperanzas, ilusiones-desilusiones, alegrías-tristezas y rabias, que con el paso del tiempo se fueron convirtiendo en prácticas cotidianas que pueden ser leídas en clave de los diálogos entre vecinos, compañeros de trabajo o conversaciones en las calles y en las redes sociales, de las cuales salieron amistades como enemistades, así como acciones propias a favor o en contra del proceso de paz como las movilizaciones sociales, entre otras.

Quizás, hoy, el contexto en el cual nos encontramos es mucho más complejo y retador, porque exige de nosotras/os no solo acciones hacia la construcción de la Paz, y las paces, sino también un cambio en la forma de pensar y proyectar el país, así como las ideas que tenemos sobre el cómo hacer política, sobre lo que es ser mujer u hombre, joven o viejo e incluso la forma en como nos relacionamos con la naturaleza y también la forma en que nos vemos ante el mundo y cómo vemos el mismo mundo. Pues, el mayor reto del momento actual está en cambiar el presente para un mejor futuro y no solo para las nuevas o próximas generaciones sino también para que las generaciones que nacimos en medio de la guerra tengamos una mejor vida. Y, como se plasma de forma poética en el Manifiesto Liminar de Córdoba:

Desde hoy contamos, para el país (y para el mundo), una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos; las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana[5].

[1] DE ZUBIRÍA SAMPER, Sergio. Universidad, cultura y emancipación en América Latina. 1ª Ed. Bogotá, D.C.: Ediciones Izquierda Viva, Fundación Walter Benjamin, 2013. P. 86

[2] GALEANO, E. Memoria del fuego: Los nacimientos. Bogotá: Tercer Mundo editores, 1982. p. XXV

[3] OSPINA, William. De La Habana a la paz. 1ª Ed. Bogotá: Debate, Penguin Random House Grupo Editorial, 2016. Pp. 86-87

[4] RODRÍGUEZ, Simón. Sociedades americanas. Citado en: GALEANO, Eduardo. Memorias del fuego II: las caras y las máscaras. Decimocuarta Edición (cuarta de España). Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1990.

[5] FEDERACIÓN UNIVERSITARIA DE CÓRDOBA. Manifiesto Liminar de la Reforma de Córdoba. Citado en: DE ZUBIRÍA SAMPER, Op. cit., p. 72

**Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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