Cumbia (Parte I)

José Fabián Bolívar DuránDSCN1470
Investigador Corporación Descontamina
Contacto: josebolivarduran@gmail.com
Facebook: @JoseBolivarD
Twitter: @josebolivard

Aprendimos que la cultura venía de afuera, que la lengua vino de afuera, que la belleza verdadera era la condensada en los cánones ilustres de Fidias y de Praxíteles; y crecimos en la incapacidad de mirarnos, de reconocer lo que somos, de aprender a valorar la naturaleza y la originalidad de nuestro mundo.

William Ospina

La Cumbia no es solo un ritmo. La Cumbia es un conjunto de diásporas espirituales, un cúmulo de viajes inesperados de esclavos que llegaron para ser explotados, una mezcla de encuentros culturales que se hibridaron como resistencia a esquemas de opresión, un tejido de ritmos que hicieron que naciera un suceso. Sí, porque tal como se concluye en el documental “Pasos de Cumbia”, este género más que un ritmo, es un suceso. Un suceso eternamente atemporal.

Tambores africanos, vientos andinos y danzas arraigadas en la naturaleza misma del cuerpo y sus impulsos, forjaron los orígenes de lo que hoy conocemos como la Cumbia. Así nace, y así ha convocado herencias, resistencias, resiliencias, alegrías. Seres humanos que llegaron de diversas regiones africanas con su cultura para mágicamente encontrar almas amerindias que contaban con un complemento perfecto para responder al ímpetu del esclavo que quería ser libre: la psicodelia indígena, psicodelia que hoy se mantiene; es la esencia misma de la Cumbia.

Así lo interpreto a partir de mis propias experiencias musicales, y en viajes, documentos, entrevistas, conciertos y fiestas en diferentes latitudes. Intenté ser clarinetista sin éxito, pero me quedó el amor por esta música con la que también crecí viendo como mis padres la bailaban. Recorrí territorios del Pacífico y el Caribe colombiano y, cuando los pude contrastar con mis viajes a África, supe que allí habitaba el origen. Evidencié en otras rutas personales y laborales, además, lo que se sabe: que este origen se fusionaba a través de culturas chamánicas y sus percepciones del universo desde sus instrumentos musicales. Así nace mi amor por ella; el mismo amor que me llevó a encontrar sus místicas en diferentes lugares del mundo.

Hoy la Cumbia es un suceso que ha trascendido en infinitos espacios. El pop y sus últimas manifestaciones que extienden ese sentir contemporáneo, moderno. Cumbias francesas que recogen estéticas renacentistas; cumbias gitanas que desarrollan su sentido étnico a partir de otras culturas; cumbias villeras que convocan la cotidianidad del barrio; chichas peruanas que almacenan culturas amerindias; tecnocumbias que permiten exteriorizar la energía popular; cumbias fusionadas argentinas, mexicanas y chilenas que sirven de plataforma para rescatar otros ritmos folclóricos  y nuevas expresiones artísticas, entre muchas, y muchas, y muchas otras.

Lucho Bermúdez, desde su fascinación por el Jazz pero conservando las raíces ancestrales de sus pálpitos, posicionó la Cumbia en Colombia pero también la exportó. Transgredió espacios impregnados de clasismo que no pudieron resistirse al poder de este ritmo; espacios que siendo étnicos y ancestrales, no aceptaban lo propio, la pertenencia, lo inherente. Y así llegó el Maestro Bermúdez para proponer nuevas formas musicales que posteriormente se extendieron a lo largo del continente americano, impregnando con fuerza otras latitudes. Y es que en los últimos años, por ejemplo, he estado en conciertos, bares y festivales donde la Cumbia ha sido el relámpago de la fiesta en ciudades como Bogotá, Estambul, Buenos Aires, Barcelona, Valparaíso, Praga, Roma y Montreal. Así florece la Cumbia, así transita y se nutre hoy de otras estéticas y culturas; porque tal como lo plantea Anjan Chatterjee en su última entrevista para El Malpensante, “el arte ya no tiene las funciones adaptativas con las que contó anteriormente… El resultado es que se vuelve más diverso y puede ir a la deriva, florecer sin las mismas presiones”.

La Cumbia es un suceso que une y por esto le pertenece a la humanidad: es un bien común. Más allá de las fronteras dibujadas en mapas, la Cumbia transita en geografías emocionales de diversos seres que encuentran en este suceso, su momento. No es solo una música navideña, ni de una clase, de una región, un país, ni de una época, ni de la historia. Es un suceso que crece sin presiones porque así siga estigmatizado por ciertos sectores, vive con fuerza propia. El pensamiento único, aquel que reprodujo esquemas que invitan a pensar que existen buenas y malas músicas y, que las buenas son solo las que nacen y habitan en las clases “cultas”, hacen que las barreras históricas frente a la Cumbia tiendan a mantenerse. Pero la fuerza de lo ancestral que nunca muere y, la dinámica de la psicodelia, aquella potencia de la cosmovisión indígena, hacen que hoy se convoquen viejas y nuevas maneras de pensar, de sentir y de leer la Cumbia.

Thomas Mann recuerda que “toda música es políticamente sospechosa”, y así es. La Cumbia hoy sigue proponiendo formas populares de combatir un pensamiento eurocentrista de lo que vanidosamente se pretende uniforme, para resaltar que la estética adopta formas libres y emancipadoras; como la naturaleza, como la política, como la cultura, como la vida misma.

 

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