“Ideología de género”: out

Priscyll Anctil Avoineyo
Investigadora
Corporación Descontamina
Email: priscyll.anctil@gmail.com
Twitter: @Cyppp_

Hace mucho tiempo que quiero escribir sobre la “ideología de género”, por aclararme, por aclararnos, pero sobre todo, porque tengo rabia. Y contrariamente a lo que se piensa, la rabia es un sentimiento legítimo que se puede expresar de forma noviolenta. Mi rabia nace de la instrumentalización de la vivencias de las personas para afirmar posturas políticas (ni siquiera sé si se pueden calificar así) en el juego de ajedrez de la elite colombiana. He decidido escribir hoy, por lo que es un día que temo, después del 2 de octubre y del Brexit, por lo que en los tres momentos, nos estamos enfrentando a formas de populismo que obstaculizan la democracia y capitalizan sobre las emociones más primarias y básicas de los seres humanos para garantizar la perpetuación de sus poderes económicos, políticos y, en el caso que nos ocupa, la industria de la guerra.

En Colombia, el populismo de extrema derecha se consolidó a través de las diversas iglesias, instrumentalizadas (o ellas mismas protagonistas) para infundir el miedo y tergiversar las discusiones políticas acerca del proceso de paz con las FARC-EP. No tengo que devolverme sobre todos los argumentos: está claro que la ideología de género ha sido creada para desviar las discusiones reales y democráticas acerca de un acuerdo político para la cesación de un conflicto armado. En el acuerdo, no se trataba en ningún momento de “ideología de género”, pero como varias y varios analistas ya lo indicaron, del enfoque de género. Ahora, como nadie entendió nada, incluso las FARC-EP y el gobierno empezaron a responder con populismo a la farándula desagradable de la oposición. Y estamos pasando, otra vez, al lado del punto.

Lo que quiero hacer, es reflexionar cómo se construyó la retórica, y cómo el pueblo se dejó engañar.

La construcción del concepto

Desde mi postura, el concepto de “ideología de género” se fue construyendo (no es dado) a partir de una estrategia política y lingüística de articulación e interpelación según los postulados de Weldes[1]. El proceso fue bastante simple, y además, “productivo”. La articulación se hizo de la siguiente manera: a partir de miedos y emociones culturalmente conocidas y ya existentes en la sociedad, se creó un “significado” alrededor de la expresión “ideología de género” – por ejemplo, a partir de la homofobia, la noción de familia y demás. Se estableció una cadena de conceptos que, juntos, empezaron a tener sentido y convocar la población en oponerse a los acuerdos a partir de este nuevo significado. Ahí, nació la representación populista del género. Y la articulación es exitosa cuando se repite esta cadena de conceptos para darle una significación constante y repetitiva: “[…] se introdujo en el vocabulario nacional un término a la fuerza, con poca pedagogía y la ingenuidad de creer que, cuando hablamos de género, todos nos referimos a lo mismo[2]”. La iteración produce entonces la ilusión de que es real, de que es “natural”. Por eso, la impresión de una franja grande de la población, de la existencia misma de la “ideología de género”. Era “necesario” históricamente: se debía construir sentido alrededor del género para fines políticos, se debía contrarrestar las otras narrativas y posicionar una cadena específica de conceptos que apela a las emociones – como fue el caso con la retórica de EE.UU. para legitimar la invasión de Afganistán.

Pero la articulación no es suficiente. Se tiene que interpelar a las personas. Crear identidades que permitan articular la representación del mundo a los sujetos que constituyen el orden político. Una vez las personas se “identifican” con el problema (o con la cadena de conceptos), entonces, las representaciones aparecen como “sentido común”. Así, apareció la “ideología de género”, el sentido común o, lo que se constituía como la realidad de los acuerdos. Así que, aunque empíricamente no existía tal concepto, se habían creado, articulado y conformado unas representaciones que interpelan a varias personas en su diario vivir. La representación entonces justifica las acciones de los sujetos, en este caso el voto en el plebiscito. No es sólo imaginado: las personas realmente se identifican con estas representaciones ya que, con la articulación y la interpelación, sienten que es sentido común: obviamente, para la población existe una “ideología de género”. Pero no, este proceso de articulación e interpelación tiene lugar desde un locus enunciativo: desde las elites que comprenden las dimensiones de la retórica y del discurso.

Dios no dijo nada

Han leído bien. Dios no dijo nada. No se opuso a los matrimonios del mismo sexo, tampoco habló de “ideología de género”, ni apeló a la discriminación de los colectivos de géneros diversos. No. No habló ni siquiera. Los seres humanos – y un grupo de la elite social – interpretó, desde marcos lingüísticos y, sobre todo, populistas, unos postulados bíblicos radicalizando su sentido. El ser humano, crea y construye sentido. En este caso, el ser humano quiso crear una confusión moral acerca de los debates que deberían, al contrario, darse en lo político, de manera democrática. Los seres humanos politizados, sí dijeron algo. Enmarcaron una discusión. Por su parte, Dios es amor.

Dios no dijo nada sobre la “ideología de género”. Por lo más que pueda recordar, es un término acuñado por la institución de la Iglesia católica; es decir por un conjunto de personas, normas y pensamientos que posibilitan su existencia. Una ideología es una idea, fijada y estática, que carece muchas veces de capacidad auto-reflexiva. El género como categoría de interpretación y de análisis de lo social, es todo lo contrario. Existen Estudios de género que propician espacios para la reflexión sobre nuestras vivencias cotidianas respecto a las subjetividades corporales, sexuales, generizadas, y demás. Es una teoría que busca justamente lo dinámico y lo plural, la auto-crítica y el avance de las condiciones socio-políticas de las personas que históricamente se han visto discriminadas por varias razones. En lo que corresponde al acuerdo de La Habana, el término enfoque se ha utilizado por lo que tampoco se trata de una ideología fijada: al contrario, se trata de un enfoque que tiene su sustento teórico en los estudios de género y en la Constitución política, donde se específica que la diferencia es un principio transversal y crucial a la democracia. Así, se propone aplicar al acuerdo los enfoques diferenciales, y uno de estos es el enfoque de género, que busca develar las diversas vivencias de violencia de las mujeres, hombres, niñas y niños, géneros diversos y demás en el marco del conflicto armado. Fin de la discusión.

Vivir el cuerpo generizado

Y por cierto… a todas las instituciones político-religiosas – notase bien que no he dicho espiritual: el enfoque de género es altamente necesitado en sus esferas, ya que la pederastia, la violación sistemática y el machismo estructural está haciendo muchas víctimas, como en la guerra.

A la gente que votó NO por razones relacionadas con el enfoque de género, es tiempo que empiezan por comprender que el primer gran logro del sistema patriarcal es justamente, crear enemigo/as y violencias. Rechazar el enfoque de género en un acuerdo de paz, cae en lo absurdo: a parte que (por su culpa), se perjudica a miles de personas, también demuestra su poco entendimiento de la realidad vivida. Hasta usted está preso/a de los patrones rígidos de feminización y masculinización: donde hay relaciones humanas, hay historias generizadas. Vívalas.

Como lo subraya Mauricio Albarracín[3], “el enfoque de género no es ninguna innovación del acuerdo”, es una parte importante y trasversal en la Constitución política de todo país democrático. No puede haber retroceso. No nos dejamos llevar por el “pánico colectivo” que se dibujó a partir de la articulación lingüística de una cadena de conceptos bajo la expresión umbral de “ideología de género”. Es completamente out.


[1] Weldes, J. (1996). Constructing National Interest. European Journal of International Relations, 2(3), 275-318.

[2] Junguito Camacho, M. (2016). El género: una palabra caída en desgracia. El Espectador. Recuperado de http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-genero-una-palabra-caida-desgracia-articulo-664222

[3] Albarracín, M. (2016). Nada en los acuerdos puede ser un retroceso de los derechos Lgbti: Mauricio Albarracín. W Radio. http://www.wradio.com.co/escucha/archivo_de_audio/nada-en-los-acuerdos-puede-ser-un-retroceso-de-los-derechos-lgbti-mauricio-albarracin/20161103/oir/3292866.aspx


*Fotografía de la portada tomada en el museo Centro Cultural Borges, Buenos Aires Argentina.

**Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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