Del ‘mismo tema’ y otras cosas: el cuerpo

Yira Isabel Miranda MonteroYira
Investigadora Grupo Ahimsa
Corporación Descontamina

mirandamon21@hotmail.com
Twitter: @YiraMirandaM 

Confirmo cada día que lo “personal es político” y ahí, el cuerpo cumple un rol fundamental. Abrir procesos mentales de comprensión sobre un tema como éste, es ya un avance ante la violencia de tipo cultural que solo comprende a los cuerpos desde el estereotipo, la dicotomía e incluso el egoísmo. En este sentido, “el cuerpo sería la encarnación de una manera de hacer, de dramatizar, de reproducir situaciones históricas. Y el género, un estilo corporal, un conjunto de actos que se repiten pero pueden al mismo tiempo ser modificados”[1] un continuo performance que solo puede el cuerpo, que solo es el cuerpo.

De manera que, estamos expuestos al cambio desde nuestro cuerpo y en él. Sin embargo, siguen existiendo concepciones muy arraigadas sobre una estática e inamovilidad de las expresiones o corporalidades; de las formas o representaciones del cuerpo que no trascienden la materialidad, lo físico e incluso el mismísimo deseo fijado como ‘natural’ pero obligatorio de satisfacción. Y ahí muere, hasta ahí llega en nuestra cultura la concepción que se tiene del cuerpo; al parecer solo un “algo” que siente dolor o placer y por el que solo se busca experimentar sin tener una guía mínima para aprender de dicho experimento. Lo que me lleva a ver el género no como lo que somos sino como lo que hacemos[2] acciones sociales e individuales intersubjetivas, donde la corporalidad es una dimensión fundamental que guía nuestra vida. Y éste es el punto, sí la corporalidad es esa dimensión que guía nuestra vida, ¿Por qué ‘usamos’ al cuerpo de maneras poco cuidadosas de los otros y propias, cuando éste debería ser tan amado en todo el sentido de la expresión? Sí relacionarme con los demás requiere de mi cuerpo, ¿Cómo no amarlo y entender mi relación con él para luego sí intercambiar experiencias vivificantes con otros? Reflexionar sobre ello haría que la percepción de los demás como diferentes fuese más respetuosa. Imaginemos hasta dónde nos llevaría solo hacer este ejercicio. Y solo por compartir mi sueño, me atrevería a decir que llegaríamos a tener sociedades sin prejuicios sobre las muchas formas de amar enmarcada en los derechos humanos.

ilustra

Ilustración: Juan S. Flórez.

Según Esteban, las prácticas individuales y sociales de (género, sexuales, amorosas, etc.) como formas de estar en el mundo y no de ser, no serían ni dicotómicas ni estarían fijadas culturalmente, (pero lo son) lo que nos puede ayudar a desencializar la experiencia relativa también de ámbitos como la sexualidad y el amor. Estaríamos hablando de actos básica e inmanentemente corporales (maneras de sentir, andar, expresarse, moverse, vestirse, adornarse, tocar-se, emocionar-se, atraer-se, gozar, sufrir), siempre en interacción con las otras personas; actos que van modificándose en el tiempo y en el espacio[3] y con los cuales siento afinidad. La corporalidad no es solo el sentir, es la expresión del mismo, es el cómo hacemos. Debo aclarar que no los entiendo por separado, que el género y el ser de la corporalidad son en conjunto.

Estos constituyen itinerarios corporales definidos como procesos vitales individuales pero que nos remiten siempre a un colectivo, que ocurren dentro de estructuras sociales concretas, y en los que damos toda la centralidad a las acciones sociales de los sujetos, entendidas estas como prácticas corporales. El cuerpo es así entendido como el lugar de la vivencia, el deseo, la reflexión, la resistencia, la contestación y el cambio, en diferentes encrucijadas económicas, políticas, sexuales, estéticas e intelectuales. Itinerarios que deben abarcar un periodo de tiempo lo suficientemente amplio como para que pueda observarse su diversidad. El contexto, la corporalidad y la narratividad quedan estrechamente articulados[4]. Aquí, claramente no hay determinismos e identidades fijas, sin embargo sí se encuentran indicios del porqué del comportamiento social de las personas en nuestras sociedades. Un contexto violento solo reprime la diversidad de las corporalidades y expresa en su narratividad esa violencia cultural, que por determinar, invisibiliza, segrega, descuida, daña e incluso extermina cuerpos.

Y es así como el cuerpo se relaciona con el todo y el todo afecta a los cuerpos. Es como si el cuerpo fuese nuestro lugar y espacio vital por excelencia por medio del cual demostramos cómo ha sido cuidado y cómo podemos cuidar de otros y otras. Sin un mínimo de cuidado no nos podremos interrelacionar con los demás, sin ese performance no habrá siquiera deseos, como algo ‘natural’; convivencias, como el mínimo social y mucho menos experiencias vivificantes como lo trascendental.


[1] Butler, J. (1988) Performative Acts and Gender Constitution: An Essay in Phenomenology and Feminist theory. Theater Journal, 40(4), 519-531.
[2] Stolcke, V. (2003). La mujer es puro cuento: la cultura del género. Quaderns de l’Institut Catalá d’ Antropología, 19, 69-95.
[3] Esteban, M. (2011). Cuerpos y políticas feministas: el feminismo como cuerpo. En Villalba A., C. y Álvarez L., N. (ed.). Cuerpos políticos y agencia. Reflexiones feministas sobre cuerpo, trabajo y colonialidad. Granada, España: Universidad de Granada.
[4] Esteban, M. (2004). Antropología del cuerpo. Género, itinerarios corporales, identidad y cambio. Barcelona: Edicions Bellaterra, p, 54.


*Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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