Crónica de un argentino buscando la paz

cartagena.jpgSebastian Kohan Esquenazi
Cronista
Realizador Audiovisual
oidomedio.tv
Contacto: kohanesquenazi@gmail.com

I

Me encontraba yo en Parque Chas comenzando a escribir una nota sobre el pibe Valderrama. Una oda a esos dieces que ya no existen, a esos seres lentos, pausados e inteligentes de otras épocas, que no respondían a la velocidad atlética y frenética del fútbol de hoy. Había comenzado a leer sobre su vida y su infancia. Me había enterado, vía Wikipedia, de la existencia de Pescaito, su barrio natal, situado en Santa Marta, Departamento de Magdalena, en la costa atlántica, pegadito al Mar Caribe, rodeado de palmeras, cocos y más cocos.

Pocas semanas después del inicio de mi caribeña investigación recibí un llamado telefónico de un organismo internacional cuyo nombre dejaremos en el tintero para evitar suspicacias. Me llamaban preguntando si podía partir dentro de 48 horas a Colombia y formar parte de una misión de observación internacional para verificar la transparencia del Plebiscito de Paz en el que pueblo colombiano ratificaría, o no, los acuerdos entre el gobierno de Santos y la guerrilla de las FARC. Así como lo oyen. Así como lo leen.

II

Yo no le había comentado a nadie acerca de mis ganas de pisar la tierra del “pibe” para sentir su andar en carne propia. Y menos aún se lo había comentado a organismo alguno. No suelo ir por ahí comentándole mis deseos a los organismos internacionales. Pero así fue, me llamaron, y entré sin escalas en el mar de los milagros, los anti-milagros y las casualidades.

A los dos días dejaba Parque Chas y partía hacia Bogotá. Leí los Acuerdos de Paz, me actualicé un poco en la situación política colombiana, hice un repaso de la historia contemporánea y confirmé lo que ya sabía: estaba volando a uno de los países más violentos y crueles del mundo. Era todo, a decir verdad, bastante estremecedor. Pocos días antes de mi llegada, cuando solo pensaba en Valderrama y en su caribeño andar, algunos lideres políticos de América Latina se reunían en Cartagena, vestidos de blanco, para presenciar la firma del acuerdo entre el presidente Santos y Timochenko, el líder de las FARC.

Alrededor de 70 observadores de todo el mundo nos encontramos en la nada cálida ciudad de Bogotá, situada a 2600 metros de altura y orgullosa capital de la Gran Colombia, epicentro geográfico y político del continente cuando el mismísimo Simón Bolívar y sus hombres vencían a las tropas españolas en 1819, inventando un país enorme conformado por Colombia, Ecuador, Venezuela y Panamá. País que hubiera sido codiciado por cualquier jugador de Risk, y al que yo y la ignorancia que me acompaña incansable a todas partes, nunca le había prestado la suficiente atención. El día que, recorriendo el centro bogotano entré sin darme cuenta a la Plaza de Bolívar, plaza central de la ciudad, me di cuenta instantáneamente la importancia que había tenido ese lugar. Hasta el Zócalo mexicano queda chiquito al lado de eso, ni que decir la Plaza de Mayo y el Cabildo, que ahí adentro, parecería una caseta de vigilancia. Lo primero que vi fue el Capitolio Nacional, una especie de inmenso Partenón de mármol rosado que me dejó la boquita bien abierta y me hizo dar cuenta de lo chiquito que es el sur, y lo lejos que está. Creo que si no fuera por Messi se olvidarían de nuestra existencia.

Los observadores seríamos distribuidos dos días después a varios puntos del país para ocupar la mayor cantidad de centros de votación del plebiscito de Paz que se realizaría el domingo siguiente.

III

Colombia es un país guerrero. No da la sensación de que la palabra sea un bien de mucho valor. El consenso ha brillado históricamente por su ausencia. Desde 1851, con la Guerra del Medio Siglo, cuando los conservadores se revelaban contra la abolición de la esclavitud, el país ha vivido sucesivas guerras hasta el día de hoy. La Guerra Artesano-Militar de 1854; la Guerra Civil Colombiana de 1859 a 1862 entre liberales y conservadores; la Guerra de los Colegios entre 1876 y 1877 donde los conservadores se sublevaban contra la educación laica; la Guerra Civil Colombiana de 1885 donde se reestablecían los privilegios de la Iglesia Católica; la Guerra Civil de 1895, donde los artesanos y los militares liberales formaban el Ejercito Revolucionario de los Estados Unidos de Colombia y que fuera derrotada por el gobierno conservador; la Guerra de los Mil Días, de 1899 a 1902 en la que morían más de cien mil colombianos y donde, finalmente, los liberales se dispersaban por el país en pequeñas guerrillas. En el año 1932 se firmaría la Ley de Tierras, una Ley que establecía todo lo contrario de lo que haría una Reforma Agraria.

A partir de 1946 Colombia vivirá otra etapa ininterrumpida de violencia armada que terminaría veinte años después, en 1965, y que será conocida, de manera bastante elocuente como, La Violencia. Más claro echarle agua. Morirán más de doscientas mil personas. En 1964, con el nacimiento de las FARC y el ELN comienza ese periodo que aparentemente iba a terminar con el Plebiscito, y no terminó, llamado El Conflicto Colombiano. Así, desde hace más de 50 años la guerra se ha desarrollado de manera permanente con más 8 millones de víctimas y ha convertido a Colombia en el país con mayor cantidad de desplazados del mundo después de Sudán. Sinceramente yo prefiero ni darme por enterado de lo que sucede en Sudán. Mejor ni lo gugleo.

IV

Estábamos viviendo un momento histórico y, a decir verdad, estábamos todos bastante alegres, confiados y esperanzados. Después de dos días de misterio, nos dieron los pasajes con nuestro destino escrito. La altura bogotana con su frío y el conflicto colombiano con su posible desenlace me habían hecho olvidar a Valderrama y su caribeño andar. Sin embargo, ese pasaje tenía mi destino escrito: me habían asignado Santa Marta. La mismísima tierra del pibe. La casualidad se había jubilado para darle lugar al milagro. Yo no había hecho nada para merecerme eso pero el destino, dicen, es inevitable y ese me había tocado a mí. Así que al día siguiente, temprano por la mañana me tomé un avión que tras una hora de vuelo aterrizó en un aeropuerto al costado del mar.

No me imaginaba ese día, al llegar al caribe profundo, que la realidad, en silencio, estaba tejiendo su bromita de mal gusto, desmontando la ilusión de los bien pensados y los mal pensantes

No me imaginaba en ese momento, ni por asomo, que el plebiscito que dos días después le preguntaría al pueblo colombiano si apoyaba el acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla, sería rechazado. No me lo imaginaba ni yo, ni nadie, y justamente ahí estuvo el problema. Al parecer, entre las varias razones que podemos encontrar para el muy ajustado triunfo del No, se encuentra el exceso de confianza. La sobradez. Un exceso de confianza en todos los que apoyábamos el proceso: el presidente Santos, el ejecutivo, las FARC, la izquierda internacional, los progres no tan de izquierda, los organismos internacionales y todo, pero todo, el concierto internacional. Concierto que hizo tanto ruido que no nos permitió escuchar lo que el pueblo estaba por decir. La inminencia del acuerdo era tal que generó una confianza que cegó el análisis de la situación. Leímos lo que queríamos leer y vimos la realidad que queríamos ver. El progresismo siempre queriendo cuadrar el circulo, siempre forzando la realidad para que el pueblo sea lo que quiere que sea, y él, el pueblo, demostrándonos una y otra vez que no lo es. Y peor aún, demostrando una vez, y otra también, que no hay razones objetivas para aspirar a que lo sea.

La violencia del sistema es tal que la mayoría de población ni siquiera tiene interés en ir a votar a un plebiscito de esta índole. Lo que quedó expuesto ese domingo no fue la falta de ganas de paz, sino, muy por el contario, la falta de democracia real en el seno de nuestras sociedades. El desinterés no puede ser democrático.

V

Y ahí estábamos nosotros, tan entusiasmados. Todo parecía idílico. Pero no. El hotel no tenía agua caliente porque en Santa Marta hace tanto calor que el calor no es necesario, salvo cuando hay huracanes y baja la temperatura. Y así fue. Recuerdo perfectamente el instante en que se interrumpió la sucesión de milagros que se venían encadenando y cayó la primera gota que avisaba que era cierta la llegada del huracán que se anunciaba. Y así, llegó Mathew a nuestras vidas. Esa misma noche de viernes comenzó a llover y no paró un segundo hasta que se terminó el plebiscito. El lunes en la mañana escampó con el conteo del último voto. Era cierto cuando algunos votantes decían que Dios no iba permitir que esos asesinos de la guerrilla la sacaran tan barata. El diluvio se encargó de eso, inundó cientos de pueblos y no le permitió salir de sus casas a cientos de miles de votantes del Sí.

El sábado en la mañana iba rumbo a Fundación, Municipio que me había sido asignado. Fueron dos horas de camino en las que me adentré al universo más caribeño y bananero que pueda existir. Era la zona más bananera de la tierra. Es tan bananera la zona que se llama Zona Bananera. Eran horas de camino donde solo habían bananas a ambos costados del camino. Bananas y bananeros que miraban la carretera y los autos pasar, y entre ellos, yo. Ellos me miraban a mí con la misma cara de extrañeza con que yo los miraba a ellos. Me había tocado conocer zonas caribeñas pero nunca tanto. Cuba era San Petersburgo al lado de eso. Pareciera que el comunismo tiñe el realismo mágico de materialismo histórico. Y ahí estaba yo, sorprendido del ambiente y anonadado con la belleza que el lugar me regalaba. Y es que no hay donde perderse. Llegar de Buenos Aires, donde somos más que nada blancos, desabridos y aburridos, a un lugar habitado por la gente más linda del mundo, no deja de ser sorprendente. La diferencia entre un mulato de esos y yo, es la misma que hay entre un mango y una manzana, entre una papaya y una pera. Los colombianos tienen sabor y nosotros no. Es que a un mulato de la zona bananera se le mueve más la cola al caminar que a un noruego cuando juega al ula ula. Es que los blancos no saben saltar. Es que, como decía Charly García, como me gustaría ser negro.

En Bogotá, sin embargo, sucede algo muy extraño. Algo que nadie me ha podido explicar, pero tampoco negar, y que para entenderlo haría falta un intenso posgrado de antropología. Resulta pues, que las mujeres son, sin miedo a equivocarme, las más hermosas del mundo, pero los hombres no. Cosa extraña. Pareciera que hubieran sido hechos por separado. En cadenas de montaje paralelas. Pareciera que la fórmula que encontraron solo sirviera para hacer mujeres. Ellos quedaron chaparritos, muy sudamericanos, y ellas, como diría mi amigo Andrés, con tremendo fierro. Es como si la gotita mágica del ser humano al caer en la probeta del gen quimbaya-afro-español creara mujeres hermosas y hombres bastante normalitos.

En fin, cuestión que pocos minutos antes de llegar a Fundación pasamos por Aracataca. “Que lindo nombre” exclamé yo, “en Argentina todo debería llamarse Aracataca. Seríamos mucho más felices”, continué estúpidamente. Ciro, el conductor, me miraba y se reía, no sé si de verdad o de compromiso. Ciro era de una ciudad cercana llamada Valledupar, lugar donde había nacido, ni más ni menos, que el vallenato y razón por la cual llevábamos dos días seguidos escuchando esa música. Cuestión que Ciro no me dijo en ese momento que Aracataca era el pueblo natal de García Márquez y que había sido, ponele, la inspiración para Macondo. No se si no me lo dijo porque asumió que yo lo sabía, porque él mismo no lo sabía o porque venía cantando vallenato, pero sí se que evitó que yo cometiera la estupidez de bajarme del auto y sacarme una foto con algún cartel que dijera Aracataca. A veces la ignorancia es maravillosa.

La lluvia no paraba de caer ni por un segundo. Cien años de soledad y el coronel no tiene quien le escriba, todo eso, bajo al lluvia. Por fin llegamos a Fundación, pequeñísimo pueblo de tierra donde los taxis funcionan a tracción humana y la gente camina bajo la lluvia porque así funciona la cosa. Cientos de pequeños Radameles Falcaos caminaban en cuero por la calle con la pelota de fútbol, bajo el potente aguacero, como si les garuara finito.

Ahí me reuní con el jefe de policía, el Coronel de Fundación, que no sé si tiene quién le escriba, pero me contó que no había riesgo alguno de violencia para el día siguiente, que las rutas eran seguras, que el alto al fuego hace meses que era respetado por la guerrilla, y que no había peligros por el huracán Mathew gracias a que estábamos detrás de la Sierra Nevada de Santa Marta, la sierra costera más alta del mundo, que se encarga de partir los huracanes al medio, debilitarlos, y dejar pasar las sobras para evitar la zozobra. El coletazo, que le dicen. Después supe también que Santa Marta, la sierra, había sido zona predilecta de los hippies que plantaban marihuana, y después, escondite perfecto de los narcos de comerciaban cocaína. Vaya lugarcito tan multifacético.

Al volver a Santa Marta, Aracataca seguía ahí, en el mismo lugar. Era mágica pero tampoco tanto. Seguro que Juan Rulfo la hacía desaparecer.

VI

Triste es saber, por otra parte, que la desaparición de la guerrilla no implica, ni por casualidad, algo parecido a la paz. Es indudable que sería un inmenso paso hacia ella, por momentos, dejaba de parecer tan imposible. El problema es que una vez desarmada las FARC y, supongamos, el ELN, quedaría aun en pie un enorme numero de grupos armados desperdigados por todo el país. Es una enorme ilusión creer que la violencia nace del enfrentamiento entre Estado y guerrilla. La violencia es la pugna armada por la distribución del territorio y de todos los bienes que de ahí nacen, es decir, un negocio. Las FARC nacieron para defender el derecho a la reivindicación de los más desfavorecidos y para luchar por la Reforma Agraria que nunca se realizó, en un país donde el 80% de la tierra está en manos del 0.4% de la población. Es verdad que la guerrilla controla territorios donde los campesinos producen la planta de coca, que después exporta el narcotráfico y que controlan las rutas por las cuales se desarrolla dicha exportación. Sin embargo, no tienen el monopolio de dicho negocio, ni mucho menos. Para eso están todo el resto del abanico de los actores. Paramilitares o grupos de autodefensa forman parte del mismo negocio, al mismo tiempo que existen las llamadas BACRIM (bandas criminales) y los GAO (grupos armados organizados). Todos grupos relacionados con los cultivos ilícitos, exportación de drogas, la importación de armas y la minería ilegal.

Podemos pensar, por lo tanto, que las FARC son, en este sentido, únicamente el chivo expiatorio necesario para justificar la existencia de todo el resto de grupos. Las FARC serían, por tanto, el enemigo necesario y Uribe, su primer defensor. ¿De quién será la culpa de todo una vez que las FARC no existan? ¿A quien van a responsabilizar una vez que ellas no estén? ¿Contra quien va a combatir Uribe? ¿Cómo va justificar la existencia de los paramilitares que representan a los terratenientes como él?

VII

El día de la elección salí del hotel a las 5 de la mañana. Afuera seguía lloviendo como solo el Gabo podría imaginar y la temperatura no paraba de bajar. Entré a la ducha a las 4:15, quizás el único día del año en que se necesitaba agua caliente. Me había convertido, claramente, en el huésped más infeliz que había pasado nunca por ese hotel. Si me hubieran visto.

A las 6 de la mañana comenzaba a amanecer, estábamos a media hora de Fundación y a quince de Macondo. Ciro cantaba el vallenato que sonaba sin parar hace tres días y que ya no me gustaba tanto. El huracán Mathew no dejaba de joder. En ese instante cayó la gota que rebalsó el vaso de Dios y desbordó el río que estaba frente a nosotros, bloqueando el puente que estábamos por cruzar y llevándose con la corriente algunos autos hacia el pueblo que se inundaba al costado de la carretera. Habíamos quedado, por dos minutos, de este lado del rio, de este lado del mundo, y menos mal, porque Macondo es lindo pero yo prefería volver a mi casa. El milagro del pibe Valderrama se había convertido en el diluvio del Dios de la banana.

Llamé a la central, informé que la carretera estaba cortada, que mi pueblo estaba bajo el agua y que tenía que regresar. Me dijeron que diera media vuelta y buscara algún pueblo donde sí hubiera plebiscito. Durante una hora y media seguida todos los pueblos que crucé estaban inundados. Finalmente llegué a Ciénaga, elegí un centro de votación y ahí me quedé. Ciénaga tenía una terrible cara de No. El ambiente no presagiaba nada bueno. Al parecer era una zona ganadera que había sido favorecida por Uribe en su momento.

VIII

Creer que hay razones para que gane el No no significa estar de acuerdo con ellas, ni que dichas razones tengan sentido, ni disminuye el egoísmo de las poblaciones menos afectadas por el conflicto armado frente a las más afectadas que sí votaron al Sí, ni matiza el egoísmo con las victimas, ni da visos de razón a una población que se apropia y repite los argumentos de la derecha, ni hace menos de derecha a la derecha, ni niega la influencia de los medios de comunicación en la desinformación. Creer que hay razones para que gane el No simplemente implica encarar el tema desde una perspectiva que eche luz frente a la pobreza de nuestros sistemas democráticos, una perspectiva que nos prohíba sorprendernos ante los resultados, porque son esas mismas democracias las que crean a sus votantes.

Puede ser que las razones que se desprenden de los acuerdos de paz hayan sido mal entendidas, no solo porque fueron manipuladas por la oposición, sino porque fueron mal y poco comunicadas por el oficialismo.

De cada una de las razones del Santismo para decir que Sí, es digna de ser usada por la oposición para argumentar que No. De eso se trata la política. En las sociedades de consumo se venden zapatillas de colores, perfumes implacables, dietas mágicas, acceso a barrios pitucos, falsos éxitos, cuerpos perfectos, etc., y la gente ve la tele porque llega cansada del trabajo y porque el barrio es peligroso, pero claro, cuando hay que votar que Sí, los progres creemos que las condiciones de ignorancia y explotación van a desaparecer y se van a revertir el día domingo en la mañana, y que despertará el país entero siendo otro: un país pacifico, sin rencores, sin traumas, sin evangelistas, sin patrones y sin matones, solo seres libres y esperanzados por un país mejor. Pues no. No señores. El triunfo del No será repudiable, pero nunca sorprendente.

La gente del NO estaba en contra de que el Estado aumentara los impuestos para pagarle subsidios a los guerrilleros desmovilizados, sin considerar que se iba a disminuir en millones de dólares el gasto de armamento; estaba en contra de la impunidad y el perdón a los guerrilleros sin saber que se habían acordado juzgar a los culpables de ambas partes. Suponían que el futuro sería castrista-chavista porque las FARC entraban en terreno político y los acuerdos se habían firmado en La Habana. Y, para reforzar ese pensamiento, Santos firmó los acuerdos en Cartagena, vestido de blanco con los lideres más de izquierda que encontró en el catalogo regional. Era, claramente, un gesto para el mundo, para nosotros los progres, para el nobel. Pero ese gesto, nos dimos cuenta tarde, estaba funcionando, en silencio, para todo lo contrario.

Íbamos a la fiesta con la pipa de la paz. Íbamos todos a vivir una fecha histórica, pero no. O sí, pero diferente. De chévere nada mi pana. Nada de Cartagena, Hawái, Bombay, camisa blanca, collar de flores, banda sonora de cocos y ron con coca. Ni Cuba, ni Noruega, ni progres, ni paz, sino la pura realidad y a llorar a la iglesia.

IX

El domingo del plebiscito estaba observando el centro de votación, eran las tres de la tarde y ahí no pasaba nada. La abstención era fiel a la historia del país. Al final de la jornada fue del 62.57% y a las tres de la tarde habrá llegado al 90. Nada extraño si consideramos que los colombianos, igual que nosotros, hacen todo a última hora. En Colombia les importaban menos esos acuerdos que al concierto internacional y todas las operas de la paz unidas. En la mesa que yo observaba, de los 450 votantes asistieron 70. Yo pensaba que era una excepción de ese pueblo pero resultó que no, que así nomas era la cosa. Yo me puse a hablar con la delegada del centro de votación, una chica que entraba en ese grupo arriba nombrado, el de las mujeres más hermosas del mundo. Cuando terminó el conteo y después conversar largamente con la ella, me invitó a que fuera el centro de escrutinio departamental. Yo podía haber contado los trece millones de votos, solo y sin chuparme los dedos, con tal de seguirla. Sin embargo, eran las 5 de la tarde, la votación había terminado hace tan solo una hora, y estábamos en la puerta conversando con la susodicha y un policía que muy tranquilo hacía su trabajo. En ese momento el policía dijo, como si dijera cualquier cosa, que había ganado el No. Yo pensaba que era broma y se lo hice saber. Y él me dijo que no, que era en serio. En ese momento la tristeza se adueñó de mí, quedé literalmente paralizado y se terminó la reunión. Me olvidé de la delegada y de todo lo demás también. Me subí al auto con Ciro y el domingo llegó a su fin. De regreso al hotel sonaba el vallenato más triste del mundo. Y Mathew seguía jodiendo.

De trece millones de votantes hubo una diferencia de 55 mil votos. La nada misma y la cosa ninguna. Ya era todo demasiado triste como para encima darse cuenta que la culpa la tenía el maldito huracán que había suspendido las elecciones en las zonas costeras del Sí. Si la gente hubiese podido salir de sus casas quizás habrían superado esa pequeñísima brecha. Pero no, Matías el huracán seguía ahí y se iba, poco a poco, con sus carcajadas uribistas a destruir Haití.

X

No hay duda de que el plebiscito fue un ejercicio democrático. La duda sería, en todo caso, si los mecanismos formales son algo más que eso, mecanismos formales. Parece que los mecanismos no son nada si no van acompañados de prácticas reales.

En Colombia el voto es optativo y la realidad, por tanto, se manifiesta tal cual es. En el resto de los países del continente es tan poco democrática la democracia que tienen que obligar a los ciudadanos a que voten. Tienen que instaurar el voto obligatorio porque el mecanismo formal llamado democracia no sirve para nada si no va a acompañado de formas de vida democráticas que generen implicación y no indiferencia. Ese día en Colombia la realidad se manifestó con más fuerza porque, al no haber partidos políticos implicados directamente, no estaban los terratenientes, los caciques, ni los alcaldes, con sus camionetas acarreando gente a votar. Ese domingo no hubo siquiera compra de votos. La realidad se manifestó con toda su furia y no hubo mecanismo capaz de falsearla.

Participó un 37.43% y el 50.21% optó por el No, por lo que el acuerdo fue finalmente rechazado por un 18,42% de la población habilitada para votar. Menos del 20% decidió por el país entero. En eso consiste esta historia. No parece que estén dadas las condiciones democráticas para una democracia democrática.


*Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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