Votar por el plebiscito

María AldozaMaría A
Investigadora Grupo Ahimsa
Corporación Descontamina
Contacto: maria.aldoza@gmail.com
Twitter: @marialdoza

Esta semana asistí a una obra de teatro llamada Victus, una propuesta de reconciliación y sanación colectiva a través del arte. Esta es una de las numerosas iniciativas que se están realizando a propósito de la celebración de la firma definitiva del acuerdo entre el Estado y las FARC, así como de la esperanza por tener la oportunidad de vivir una época de paz. Estamos en medio de una transición, una articulación histórica hacia la cual es preciso volcarnos, pues requiere de una movilización masiva, de un esfuerzo comunitario donde cada uno de los miembros de la sociedad, desde su localización específica, participe para la configuración de otras perspectivas.

Es conmovedora, a pesar de la intrusión falsa de los medios de comunicación, la dinámica que se está llevando a cabo en el país por parte de la gente y sus comunidades, apoyando la resolución del conflicto armado. Somos muchas personas las que queremos una transformación social, pero además política y económica. Estamos emocionados con la idea de pensar que no son los pocos de siempre quienes tienen la posibilidad de hacer algo para interrumpir la guerra, sino que es un acontecimiento en el que podemos participar todos. Que cada quien puede contribuir creativamente en este nuevo ciclo que estamos emprendiendo.

Esto precisa entonces de un involucramiento con quienes nos rodean. La indiferencia y la ignorancia sobre nuestra historia y presente pueden ser contrarrestadas, aprovechando las múltiples propuestas y redes que se están tejiendo para conocer y unir voces: “todo debe sumarse en los aprendizajes. Por eso nos llamamos a nosotros mismos un proceso pedagógico, porque estamos dispuestos a trasformar y a no repetir; porque creamos al lado del otro, de la otra; porque escuchar es el secreto y contar la estrategia”[1]. Es un momento para la narración de las historias no hegemónicas, de la conformación de espacios para que éstas sean escuchadas.

Adquirir conciencia sobre nuestra propia participación en este proceso implica descreer que la paz es resultado de un esfuerzo del Estado. Éste ha sido el principal perpetrador de la violencia y ha fallado en las ocasiones que ha tenido para cambiar la suerte de las comunidades. La vida sencilla es desconocida para un pueblo que sobrevive en la fragmentación. La pluralidad ha sido un impedimento para el proyecto de nación y su pretensión de homogenizar a toda costa: “Toda la babarie que vivimos fue precedida y sucedida por el silencio. En realidad por muchos silencios, algunos tan abismales y vertiginosos como el del Estado quien desde siempre nos somete a su imperio mezquino, centralista, oligárquico, indiferente”[2]. El silencio ha tomado una connotación particular en nuestro contexto, relacionado con la indiferencia, con la impotencia y con la complicidad. ¿Qué es lo que nos falta para asumir un compromiso colectivo? Si los umbrales de la muerte, el dolor y el miedo no son suficientes, ¿qué podría hacernos comprender la urgencia de una transformación hacia una vida sin estas crudas violencias?

Votar para el plebiscito es la decisión ser parte del cuerpo de la transformación, así esta sea transitoria y no pueda dar garantías. Este es un gesto que bien puede llevarse a cabo sin necesidad tomar partido en algún bando politiquero que nos obligue o nos impida tomar una decisión, que solo debería ser propia. Esta decisión, a pesar de la bulla mediática, puede ser contemplada como una posibilidad de otra índole. A saber, la de disminuir la falsa separación de unos frente a otros, que precisa de una disposición distinta para poder apreciar este hito en nuestra historia, como una oportunidad para realizar un desarrollo colectivo que también es personal.

Vale la pena cuestionar en cada uno de nosotros el pedestal que le tenemos a la indiferencia, a la apatía política que sucede por inercia, por un apego a la comodidad que produce la ignorancia. Esto no significa inclinarse hacia algún lado, es hacer el ejercicio de situarse en medio de la coyuntura, de no pretender pasar por alto una realidad social en la que participamos todos los días, pero que cambiamos por una imaginada. Inquietarse y ser parte de este proceso es un ejercicio de escucha y disolución del egoísmo, donde nos reconocemos en cada uno de los rostros que enfrentamos.

Pero todo esto no significa que la paz sea equiparable a la firma entre estos dos bandos de la guerra. Que el Estado esté centrado en un proyecto de paz y en atender las voces que siempre ha ignorado es una ocasión que los habitantes de este amplio territorio debemos aprovechar desde la autonomía, atendiendo a las particulares necesidades de nuestros contextos inmediatos. Acá estamos corriendo el mismo riesgo de siempre, el de movernos por la conmoción masiva y olvidar apenas salimos del foco mediático. Una vez estemos dentro del ciclo de creación de paz es cuando realmente podremos conmovernos, comprometernos y actuar: “Tenemos que prepararnos para lo que viene, tal vez el posconflicto para nosotros sea más fuerte que la guerra”[3].


[1] Palabras de Soraya Bayuelo Castellar, colectivo de Comunicaciones Montes de María. Revista Conmemora, 2016.

[2] Palabras de Soraya Bayuelo Castellar, colectivo de Comunicaciones Montes de María. Revista Conmemora, 2016.

[3] Palabras de los Kiwe Thegnas. En: “¡Guardia guardia! ¡Fuerza fuerza!” de César Augusto Romero Aroca. Revista Conmemora, 2016.


*Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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