Luna roja

 

Kathryn OrcasitaKathryn Investigadora Grupo Ahimsa
Corporación Descontamina
Estudiante de Trabajo Social
Contacto: kathryn.orcasita.benitez@gmail.com
Twitter: @KatOrcasita 

“La luna está roja, será porque sufre, como ave en congoja, que sube, que sube. Y al oír como suenan, escapar metralletas, al inocente condenan y nadie protesta. Y nadie protesta, y nadie protestas y nadie protesta.”
– Totó la Momposina

Ya han pasado casi sesenta años bajo esta luna roja; sí, bajo esa misma luna de la que habla Totó en su canción[1], esa misma luna que sufre, como un ave en congoja, porque sabe que al oír como suenan las metralletas es porque a inocentes condenan.

La guerra por la cual ha atravesado Colombia a veces se torna increíble, incomprensible y hasta banal. Pero en realidad no lo es. Tiene muchos sentidos y significados, más la cantidad de vidas perdidas y daños a las familias, a las comunidades, al tejido social, a nuestra tierra así como a la democracia lo hacen real y las múltiples causas que lo originaron y lo reproducen cada día lo hacen comprensible.

Para empezar a comprender esta guerra no solo basta con mirar los noticieros, que son un tanto mentirosos, o leer un poco de la historia oficial, basta con mirar a nuestro alrededor, nuestro contexto, un contexto en el cual los derechos más básicos (educación, un techo, salud, la vida) son vulnerados y cada día hay más restricción de estos y de otros (garantías de y para la participación, la libre asociación, así como el derecho no solo a ser oposición sino a ser una opción de poder, para el caso de la izquierda y otras expresiones), bajo cualquier pretexto, claro, casi siempre económicos, otras veces políticos y, a veces, como ahora un tanto más religiosos y dogmáticos. Estas causas, entre otras, han estado siempre inmersas en la vida de las y los colombianos, especialmente de los empobrecidos y más vulnerables, siendo la guerra tan solo uno de los síntomas.

A su vez, es importante precisar que el inicio de esta guerra tuvo un fuerte impulso por el contexto internacional, pues tras acabar la guerra fría, el impacto generado por la Revolución Cubana en el continente y por consiguiente el miedo al fantasma del comunismo, un fantasma poco conocido que amenazaba con la idea de que la clase trabajadora también podía llegar al poder, se instala en Latinoamérica la política del enemigo interno, apoyada militar y económicamente por Estados Unidos, de la cual son producto los golpes de Estado de Chile y Argentina entre otros, y que en el caso colombiano esta política se instaura bajo el Plan Colombia, en el cual se prioriza la inversión en la guerra y la militarización de la vida cotidiana, acrecentando los miedos hacia todo a lo que pareciera una idea comunista o de izquierda, o tan solo una idea diferente, viéndonos posteriormente divididos entre amigos y enemigos conllevándonos a casi más de medio siglo de derramamiento de sangre, de la sangre de los más pobres, de los campesinos, de los indígenas, de jóvenes y de cualquier persona que no estuviera de acuerdo con tanta desigualdad, como si la esa sangre no costará nada, como si la vida ya no valiera nada.

Y aún hoy seguimos reproduciendo esa idea del enemigo interno casi sin darnos cuenta o muy conscientes de ello, bajo las expresiones: “los amigos de la paz”, “los enemigos de la paz”, convirtiendo así el derecho a la paz como un privilegio más para unos pocos, como otros tantos derechos, que solo los tienen aquellas personas que sí los puedan pagar.

Vale decir también, que esta guerra ha sido tan larga que ha dejado de ser una opción para convertirse en lo natural, lo normal, cómo la idea de un enemigo interno. Es normal que cada día los hijos de las mujeres más pobres sean los que vayan a la guerra (sin importar a que actor armado pertenecen), es normal que haya “limpieza social”, masacres y desaparecidos, que se rechace y estigmatice a toda aquella persona que piense diferente, que haya corrupción y es normal que yo tenga miedo y sobre todo le tenga miedo a las y a los otros y más si son diferentes a mí. Las dinámicas de la guerra han transformado la violencia, ya no siendo una opción de vida, sino una forma de vida.

En 1994 Gabriel García Márquez, decía:

Somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchado contra los síntomas mientras las causas se eternizan. Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia, hecha más para esconder que para clarificar, en la cual se perpetúan vicios originales, se ganan batallas que nunca se dieron y se sacralizan glorias que nunca merecimos. Pues nos complacemos en el ensueño de que la historia no se parezca a la Colombia en que vivimos, sino que Colombia termine por parecerse a su historia escrita[2].

Hoy Colombia se encuentra en una etapa definitiva, en la cual no podemos seguir escuchando; “estoy cansado del tema de la paz”. Precisamente las palabras de Gabo son una invitación a aceptar y reconocer nuestras realidades y es cuando más debemos hablar de paz y buscar los caminos para llegar a ella, aunque la terminación del conflicto armado con las FARC-EP sea tan solo un pequeño paso. Es el momento de acabar con uno de los síntomas para luego pensar en cómo acabar con las causas que generaron la guerra. Un paso a la vez. No estamos en tiempos para irresponsabilidades históricas, importaculismos o nimierdismos.

Sin duda alguna, estamos en un tiempo de incertidumbre, de interrogantes, de miedos, pero sobre todo de esperanzas, y aunque no se tenga una guía o una orientación precisa, es importante reconocer que solo se hacen caminos al caminar, manteniendo no solo una actitud expectante sino asumiendo una actitud crítica, activa y creativa para la construcción de esos caminos hacia la paz. Y para ello podemos iniciar por recurrir a nuestra memoria, individual y colectiva, a la memoria y voces de las víctimas, recordando siempre que:

La memoria no puede ser como una espina que se clava nuevamente en la herida abierta y palpitante, ni semilla del odio, ni atadura, ni nostalgia sombría… la memoria es como agua; agua que corre y deja huella, al tiempo que limpia y alimenta la tierra para que nazcan nuevos frutos[3].

Así pues, debemos empezar a hablar de perdón y reconciliación, pero no solo sobre cómo se dará esto entre las víctimas y sus victimarios, en momento de hablar también sobre cómo nos reconciliamos como sociedad. Para que así, por fin termine la etapa de la luna roja en Colombia.


[1] Canción: La Cumbia está herida de Totó la Momposina.

[2] GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Por un país al alcance de los niños. En la ceremonia de entrega del informe de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, el jueves pasado en el palacio de Nariño. Bogotá, 1994.

[3] Fundación Manuel Cepeda Vargas, 1995. En: AVRE, CORPORACIÓN AVRE & GRUPO PRO REPARACIÓN INTEGRAL. La dimensión simbólica y cultural de la reparación integral. En: AVRE, CORPORACIÓN AVRE & GRUPO PRO REPARACIÓN INTEGRAL. Voces de memoria y dignidad: material pedagógico sobre reparación integral. Primera Edición. Bogotá: AVRE, 2006. Módulo cultura y memoria. 29 p. Disponible en: http://www.corporacionavre.org/wp-content/uploads/2015/03/Modulo-Cultural.pdf

*Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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