Algunos mitos y creencias sobre Paz

David Sebastián Guáqueta RiveraDavid
Investigador Grupo Ahimsa
Corporación Descontamina
Psicólogo, Estudiante de Filosofía
Contacto: davidguache2@hotmail.com
Twitter: @davidguapato

La palabra “descontamina” con seguridad nos referirá a temas de protección ambiental y problemas de salubridad pública. Pero la Corporación Descontamina quiere también descontaminar nuestras relaciones y nuestra vida cotidiana, para que podamos convivir en espacios y comunidades más sanas, en todos los sentidos. Día a día vivimos en ambientes contaminados de rencor, desprecio, resentimiento, manipulación, insensibilidad. Nuestras relaciones, nuestras opiniones y nuestras decisiones se encuentran atravesadas por todas estas experiencias. En la coyuntura política de Colombia, en el marco de finalización de la guerra, un poco de descontaminación podría venirnos bien. Por eso hoy traigo algunos mitos y creencias que contaminan nuestra visión sobre la Paz, y algunas ideas para deshacernos de ellos.

 “La paz es una opción política”

O en su fórmula alternativa: “La paz es una elección por un político o una tendencia política”.

 Pues bien, empezamos por lo fundamental. Toda discusión en los ámbitos político, jurídico y ético en Colombia, debe tener (ya sea para afirmar o criticar) un referente de partida: la Constitución Política, pues es el estamento supremo de legalidad en nuestra nación. En su Artículo 2 establece como fin esencial del Estado: “defender la independencia nacional, mantener la integridad territorial y asegurar la convivencia pacífica y la vigencia de un orden justo”. Por lo tanto, no se trata de asumir que la paz es la cara política de unos cuantos políticos. La Paz es una obligación del Estado colombiano, sin importar quién esté en qué cargo. No le pongamos caras o nombres personales a lo que para nosotros es un derecho como seres humanos y como ciudadano/as de este país. No se trata de “Castrochavismo” o Neoliberalismo, se trata de poder convivir, con dignidad y sin miedo.

 “La paz es sólo palabrería política”

Cierto es que la paz, como la justicia o el bienestar social, son términos de uso lisonjero por parte de políticos. Continuamente nos encontramos con ello. Pero esto no hace que dichos términos sean meramente una palabrería bonita. No puede serlo, o si no, ¿qué estamos persiguiendo como colectivo? Todo aquel que haya tenido una bella reconciliación con alguna amistad perdida, solucionado de forma asertiva un conflicto, o sacado adelante una meta dificultosa y estresante, podrá dar cuenta de la tranquilidad, la paz y la satisfacción que tales logros acarrean. En algunas filosofías orientales, la paz puede ser vista como un estado mental de ausencia de sufrimiento, una realidad verificable en nuestra propia experiencia como seres humanos. En cualquier caso, la paz no puede ser reducida a palabrería con fines demagógicos: es un derecho de las víctimas, y un deber de la sociedad, un fin que requiere una existencia real.

“La paz es total, o no es verdadera”

La paz no es absoluta. Se trabaja constructivamente en cada comunidad con el fin de alcanzar la mayor paz posible en nuestras vidas. Un acuerdo, una disculpa, una conciliación, un diálogo, cada uno de estos momentos (y muchos otros) constituye un paso en un proyecto colectivo que sólo es realizable en tanto que consiste en una búsqueda permanente. No se trata de que, de repente, todo estará bien y no habrá conflictos, pues éstos hacen parte de la vida cotidiana.

La paz puede ser vista como un ideal político, social y personal, que perseguimos como colectivo. Se trata de un estado que esperamos lograr cuando perseguimos la seguridad de cada uno de nosotros, cuando queremos la tranquilidad de poder vivir como deseamos sin miedo a ser lastimados, atacados u oprimidos. No me atreveré a afirmar que se trata de un ideal utópico (como lo hiciese Rawls con la Justicia), pero diré que funciona como uno a la hora de movernos en una dirección común.

“La paz consiste en el fin del conflicto armado”

En una visión negativa (por negación), puede definirse la paz como la ausencia de violencia. En este sentido, finalizar el conflicto armado es realmente un acto de paz. Sin embargo, puede verse fácilmente que esto no es lo único que define la paz en un país como el nuestro. No sólo porque la violencia puede seguir ocurriendo en sus múltiples formas, sino porque la convivencia pacífica trasciende la violencia política. La paz es la ausencia de toda agresión, discriminación o maltrato. Resultan relevantes así temas de prevención de agresión, manejo constructivo de conflictos, reparación, perdón y reconciliación.

En un sentido positivo (por afirmación), la paz abarca las relaciones en un sentido constructivo, de cuidado, crecimiento, justicia social e inclusión. La equidad, el trato igualitario y la construcción de relaciones positivas son algunos elementos que determinan el mantenimiento de la paz en este sentido. Por tanto, todo acto que promueva la igualdad de oportunidades, la defensa de las personas con vulnerabilidades mayores, y cualquier espacio en el que sea posible abrir campo a la escucha y la empatía, son actos de afirmación de la paz. Quitar derechos, negar opciones de vida, reducir las garantías de una vida sana y digna, son todos atentados a una paz constructiva.

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Fotografía: Javier Mauricio Guáqueta Rivera
Fuente: https://www.flickr.com/photos/javierguaqueta/

“No puedo convivir pacíficamente con aquel que piensa distinto a mí”

Un principio democrático es la igualdad, como una posibilidad de elección de formas de vida. La democracia es viable sólo dentro de un paradigma de oposiciones, contrariedades y discusiones públicas. El Artículo 13 de la Constitución Política establece la igualdad como principio fundamental del Estado colombiano: “Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica”. Debemos cuidarnos de todo aquél que en vez de afirmar sus ideas con argumentos, intente callar o reducir las nuestras por la violencia, la fuerza, los insultos o cualquier otra forma de acallamiento. Incluso quien piensa que el modelo democrático está errado, espera ser escuchado y espera poder afirmar con tranquilidad y libertad sus ideales. En este orden de ideas, la participación ciudadana, la libertad de opinión, la afirmación de la identidad y la diversidad son elementos fundamentales de una sociedad pacífica. Tal vez el error que estemos cometiendo es encasillar al que piensa diferente como enemigo, privándole del derecho a hablar y al trato humano que se merece. ¿Qué pasaría si antes de conocer nuestras ideas políticas nos sentáramos a compartir una partida de cartas, escucháramos juntos algún concierto o bailáramos nuestras canciones favoritas? Con seguridad diré que el otro dejaría de estar tan lejos de nosotros, y nos costaría mucho menos empatizar con él o ella.

“No puedo tener paz con quien me ha hecho daño”

Es probable que para muchos, el perdón y la reconciliación sean los aspectos más difíciles de la vida pacífica. ¡Y con toda la razón! Si para cualquiera resulta difícil perdonar una ofensa o un irrespeto, mucho peor resultará para quienes han sido víctimas de todo tipo de violencias que han ocurrido en años de conflicto armado (asesinatos, violaciones, humillaciones, secuestros, desplazamientos… la lista es muy larga). Sin embargo, víctimas de múltiples guerras en la historia, e incluso las mismas víctimas de nuestro conflicto (campesinos, mujeres, niños, indígenas, soldados) nos dan tremenda enseñanza cuando activamente no sólo perdonan, sino que buscan la reconciliación con el que fue capaz de traer tanto daño a sus vidas. No se trata en este punto de impunidad o falta de justicia (este es un aspecto que responde al ámbito de la política y las directrices jurídicas, que en este texto no estoy abordando). Se trata de un acto de humanización del enemigo, de reencuentro con nuestra paz personal y de crecimiento como sociedad. No en vano son estos grupos los que desde hace mucho llevan la batuta en la búsqueda de la paz. Lo que no se debe olvidar en este punto (y uso este término con toda intención), es la memoria de lo ocurrido. La verdad sobre la guerra y la construcción de memoria histórica son pilares para la construcción de un mañana que permita un mundo donde convivamos los que hemos vivido la guerra en el frío del metal de un fusil, en la desgarradora ausencia de los seres queridos, en el dolor de haber soportado lo insoportable.

La invitación que me queda por hacer es a que hagamos una seria  reflexión sobre cuáles son los principios sobre los que decidimos cada día. Asegurémonos que nuestras decisiones sean lo más autónomas posibles. Sólo así, podremos llevar a cabo un voto de consciencia, un voto que no se reduce meramente a las urnas, sino un voto por la paz que ponemos cada día en cada acto de nuestra vida.

*Las posiciones son de las y los columnistas y no representan necesariamente las posturas de la Corporación Descontamina.

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