Paz y memoria en Argentina

Andrea Mejía Jerez14012816_1097056313715800_618289196_o
Investigadora Grupo Ahimsa
Corporación Descontamina
Contacto: andreamejia2122@gmail.com
Twitter: @Jerezany

Cada vez que se emprende un nuevo viaje se llevan consigo expectativas, se lleva un imaginario sobre lo que se va a ver, a escuchar, a saborear y a experimentar. Durante trece días visité Buenos Aires, Argentina, con el tiempo generé importantes reflexiones sobre diversos temas, pasando de lo económico a lo cultural, lo político, lo social, entre otros, y de donde surgieron largas conversaciones con quienes compartí, en una lógica comparativa colombo-argentina donde todos los temas fluctuaron a generar una balanza que permitiera definir qué país valía más la pena. Sin embargo, esta columna se desenfoca en esta línea y por el contrario, busca compartir reflexiones que me surgieron para comprender que en cada país hay elementos para rescatar y elementos para descartar, siempre sobre la base de las situaciones actuales son el resultado de muchos años de historia comprendidos de diferentes clases de conflictos. Ambos países pueden contar acontecimientos que marcaron el rumbo de lo que sucede en la interacción cotidiana de su ciudadanía, y aunque en ninguno de los dos lugares se puede considerar la existencia de una estabilidad política y cultural que garantice la posibilidad de interacciones sociales no violentas, se evidencia la necesidad de cerrar los ciclos de la historia para avanzar en la construcción de una sociedad en paz, en este ejercicio, la memoria histórica es importante

Las características de convivencia ciudadana que lograron capturar mi atención en Argentina por las diferencias que guarda con mi lugar de origen, fueron varias, sin embargo, el principio de respeto a la otra persona en el espacio público (hablo sólo de lo público porque fue en donde compartí) llamó de manera importante mi curiosidad porque me permitió vivir en la práctica una cultura noviolenta y que se encamina a la paz. Cualquier persona pensaría que la razón de ello se asocia con el eurocentrismo que parece permanecer en la apariencia física y cultural del país, pero yo me quedé corta con una explicación así, y traté de buscar soluciones a mis cuestionamientos, pues no puede ser posible desde mi punto de vista que naturalmente suceda;  en mis paseos diarios busqué algo que me permitiera entender un poco más a este país y que de alguna manera le diera sentido a mi viaje. Me encontré con la posibilidad de visitar el Museo de la Casa Rosada donde conocí más de la historia de los gobiernos con sus respectivas propuestas y respuestas sociales, también visité el Museo del Holocausto de Buenos Aires donde  pude acercarme a la Segunda Guerra Mundial vivida y sentida desde Argentina; las pegatinas en la calle recordaban hechos atroces que violaron los derechos humanos de estudiantado y profesorado, encontrar espacios rescatados de la violencia y valorados en su significado, entre otras cosas.

Columna 28.1

Fotografía: Andrés Correa Lugos

Después de conocer algo de la historia de Argentina y de entender que los conflictos más que terminar se transformaron, me dificultó comprender cómo un país que todavía no se estabiliza y que se encuentra pasando por dificultades económicas importantes (la inflación y las bajas condiciones laborales son la preocupación diaria de movimientos ciudadanos y población en general) cuenta con una ciudadanía que es capaz de colocar el respeto como el principio fundamental de la convivencia. ¿Cómo hace la población para conservar una cultura noviolenta muy a pesar de la violencia que guarda en su historia?, y no hablo de violencia como un hecho ajeno que pocos viven, como sucede en Colombia, donde quienes pueden contar historias de violencia generalmente están en el campo o vienen de él, sino que hablo de violencia que se vivió en las calles de la ciudad, en la propia Plaza de Mayo, en colegios y universidades. La preocupación que existe por recuperar el pasado para apropiarse del presente me permitió dar sentido a eso que pasa en las calles de la ciudad. Aquí es cuando la memoria histórica recobra toda la importancia para este país y para el mío; la capacidad de aceptar lo que pasó y de tomar la decisión de mostrarlo abiertamente a la ciudadanía y a sus visitantes, es un paso adelante que se debe admirar y si es posible, recuperar para nuestra realidad colombiana.

La paz que se vive (paz imperfecta claramente) cuando una persona le pide disculpas a la otra por tropezar, cuando se siente la preocupación de alguien por no molestar en el espacio público a nadie, cuando se puede sostener una conversación sobre política respetando la opinión de la otra persona, cuando alguien me habla con seguridad sobre la historia de su país y me argumenta sus convicciones políticas, cuando logro encontrar que la ciudadanía argentina logra resaltar sus particularidades y dar un lugar importante a sus características culturales a pesar de la pluralidad de personas de distintos países que interactúan en la ciudad de Buenos Aires diariamente, estoy sintiendo que vivo la paz con una fluidez llamativa. Si algo es cierto, es que la memoria permite reconocer el pasado y poner la esperanza por encima de lo sucedido, para cambiar la vida de las personas. Cuando una sociedad se atreve a reconocer lo que vivió y a cambiar pequeñas cosas de su cotidianidad, desde la forma como cada quien actúa en el espacio público,  es posible construir la paz. La memoria y la paz entonces, están de la mano, se acompañan la una a la otra porque permite recordar aquello que pasó y no puede volver a pasar, le da la posibilidad a la ciudadanía de ser consciente de su historia y de las decisiones tomadas antes sobre las cuales no se puede caer nuevamente.

Colombia está avanzando a paso lento hacia allá, pero tiene el compromiso y la responsabilidad de reconocer su historia. La memoria histórica se hace con museos, actos públicos, libros, investigaciones académicas, pero siempre que ello se lleve a la divulgación. Si bien, estamos avanzando aceleradamente en la creación de informes y textos que cuentan lo que pasó, pero ello no es suficiente, las personas necesitan la complejidad de las investigaciones simplificadas en un lenguaje que cada quien pueda leer sin la preponderancia que le añade la academia. Con esto no voy a anular la responsabilidad que tiene cada quien de acercarse a la lectura y conocer su país, pero la historia misma explica por qué Colombia necesita de la memoria, pues en ella se encuentran las explicaciones de la realidad actual en distintos ámbitos. Siempre que haya memoria y que esta sea de y para la gente, el país estará un paso más adelante hacia la construcción de la paz.

 

 

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