El proceso de paz en un billar

el

José Fabián Bolívar DuránDSCN1470
Investigador Corporación Descontamina
Contacto: josebolivarduran@gmail.com
Facebook: @JoseBolivarD
Twitter: @josebolivard

Muy emocionado, el día que se firmó el acuerdo de cese al fuego y hostilidades entre las Farc y el gobierno colombiano, opté por celebrar el suceso en un billar. Lo hice motivado por dos razones: la primera, porque es un lugar donde convergen grandes sabidurías populares que siempre alimentan mis perspectivas y, la segunda, porque la nostalgia de la música vieja potenciada por el aguardiente, afina la lectura de cualquier fenómeno social y político desde lo cotidiano. Desde lo que se respira en la calle, desde los lugares donde la gente habla, valida, se opone, discute, brinda y se abraza.

Allí estuve hablando con dos hombres que jugaban billar a tres bandas, un señor que expende cigarrillos y una señora que vende chicharrones. Mientras fluía el juego, el aguardiente, la música y el chicharrón, en el televisor proyectaban las imágenes de Santos y Timochenko en La Habana. No se escuchaba el sonido debido al alto volumen de Alci Acosta pero sólo con las imágenes, uno de los señores que jugaba afirmó: “yo soy Uribista y no quiero a Santos, pero que emoción tan hijueputa”.  Y, en este momento, confirmé que ese había sido el lugar ideal para celebrar mi emoción por el cese de las hostilidades.

Dejé que las imágenes terminaran y me acerqué a los jugadores. Quedamos sentados la señora, el hombre de los cigarrillos, y yo, viendo los otros dos hombres tacar; ellos ocasionalmente se acercaban a la mesa a recibir el preciado licor antioqueño. Hablamos unas dos horas del tema, cada quién se expresó con lo que sentía y estuvo tan bueno el momento, que todos terminamos tomando aguardiente con mediana moderación. Llevaba mi pequeña libreta y tomé nota de algunas reflexiones que ahora comparto en la siguiente estructura: lo bueno, lo malo y lo feo de lo deliberado.

Lo bueno.

La gente está feliz y en esa misma línea sentí algo con mucha fuerza: la violencia que estamos transformando con el proceso de paz no es solo la directa, sino también la cultural. Johan Galtung, teórico de los Estudios de Paz, advierte que existen tres violencias y que éstas mismas deben analizarse en conjunto para comprender mejor sus evoluciones, impactos y formas de eliminarlas. La directa, que se manifiesta en agresiones verbales o físicas; la estructural, que no permite la satisfacción de necesidades; y, la cultural, que es la peor de todas, pues es la que legitima las dos anteriores. Las sostiene.

En el conflicto armado interno que estamos superando, la violencia cultural ha llevado a que durante años la sociedad legitime y respalde muertes, a que se naturalice la vía armada como única opción, a que se patrocinen políticas de supuesta seguridad que han dejado millones de víctimas civiles, principalmente. Porque no debe olvidarse, por ejemplo, que según datos del Centro Nacional de Memoria Histórica el 81,5% de las personas asesinadas en esta guerra han sido civiles.

En Colombia necesitamos que el conflicto armado interno se acabe para que cesen las hostilidades, pero también es urgente que nuestra cultura cambie para transformar los conflictos con reflexiones y acciones noviolentas. Hemos estado permeados por las armas durante muchos años, y esto hace que parte de nuestra configuración identitaria esté impregnada de respuestas hostiles frente a diferentes tipos de conflictos. Siempre hemos visto guerra y por esta razón ciertos sectores la siguen considerando necesaria, pero esto empieza a cambiar.

Lo positivo del acuerdo del cese de hostilidades, además de su importancia en materia de la disminución de la violencia armada, es que refuerza, con hechos tangibles y contundentes, la esperanza de un país en paz. Los diálogos de La Habana han apoyado la ilusión para que esa transformación cultural sea creíble. Sin la presencia histórica de la guerra, es más fácil avanzar en una cultura de paz.

El señor que tomaba aguardiente emocionado es un ejemplo de ello. Podía no estar de acuerdo con Santos, con las Farc o con el proceso, pero estaba impregnado de esperanza, fe y alegría por la terminación de la guerra y, esto lo llevaba a estar emocionado, esperanzado y animado con un cambio: y esto ya es cultura. Sin guerra todo se discierne mejor. Aquí ya estamos cambiando cultura, y si cambiamos cultura, la paz será posible. Mientras se silencien los fusiles, tendremos más escenarios donde las voces que cantan fuerte y firme por la paz, se escuchen más y se comprendan mejor: voces que se vuelvan protagonistas.

13483270_1809721812643885_6515312978592795988_o

Fotografía: Reuters/John Vizcaíno

Lo malo.

Cuando escuchaba la señora y los señores hablar sabía que nunca habían leído los documentos y comunicados publicados por la mesa, y que posiblemente no van a leer el acuerdo de esta semana. La gente no lee estos textos y el Gobierno ha sido lento y torpe para generar más y mejores estrategias de difusión y comunicación. ¿Cómo le llega la información a mi amiga que vende chicharrones y a mis otros amigos del billar? ¿Qué tipo de información les llega? ¿Cómo la pueden replicar?

Hoy la comunicación exige canales más frescos, contextualizados, directos y propositivos para un sector poblacional que es la mayoría y, que siendo la mayoría, será la que elija o rechace lo que se negocie en La Habana. Adicionalmente, la poca gente que los lee, debe enfrentarse a una pésima redacción, a errores de puntuación y a una estructura narrativa aburrida, difusa y pesada para un público que quiere estar actualizado y al tanto de lo que se negocia, y que también apoyará o rechazará lo que se discuta en La Habana. Basta leer el título del último acuerdo y su primer párrafo, para notar la falta de una buena estrategia narrativa y comunicativa.

Lo feo.

Dadas las precarias estrategias del Gobierno para socializar los acuerdos, los sectores que se oponen a los mismos lo están aprovechando con profunda creatividad y asertividad comunicativa. “Castrochavismo”, “impunidad”, “regalar el país” o “la paz está herida”, por ejemplo, son palabras y categorías imprecisas, inexactas, absurdas, incoherentes, vacías y engañosas, pero aún así, han logrado contaminar la opinión pública con éxito.

Joseph Goebbels, quien además es pertinente para recordar este tipo de tácticas, afirmó alguna vez que “una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad”. Y, para la señora de los chicharrones y para uno de los jugadores de billar, era evidente que estas estrategias habían sido exitosas. Repetían, una y otra vez mientras brindábamos con el grueso vidrio de la copas de aguardiente estas expresiones sin saber que significaban, que contenían, que argumentos las sustentaban. Y esto es muy feo. Ver a mi amiga, a mi amigo y a mucha gente siendo víctima de un discurso mal intencionado y mentiroso, es muy feo.

No se cuando vuelva al billar y tampoco se si tenga la grata oportunidad de compartir nuevamente con mi amiga y mis amigos. Como quiera que sea, les agradecí ese día y lo hago ahora pues ampliaron mi comprensión del momento que estamos viviendo. Es más lo bueno que lo malo y lo feo, pero debe observarse todo para potenciar las fuerzas que tenemos en nuestras manos para construir paz.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s